viernes, 14 de octubre de 2011

Novena foto - Autos en una estación de tren

En el verano de 1983 las vacaciones familiares fueron en el mes de febrero. Por primera vez fuimos lejos del mar y de los lagos: el destino elegido fue San Esteban, cerca de Capilla del Monte, casi donde termina el valle de Punilla, en Córdoba. Se alquiló una casa con un jardín grande, con rosales y árboles varios. Recuerdo de esas vacaciones una sensación general de aburrimiento: tenía once años recién cumplidos y no encontré en todo el pueblo compañeros de juegos de mi edad. Fueron cuatro semanas eternas de las que tengo muchísimos recuerdos. No sólo pasaron muchas cosas, sino que además tuvimos la visita de nuestros abuelos maternos, quizás porque acababa de nacer Andrés, mi hermano menor.

En esas vacaciones tiré por primera y última vez con arco. Apuntábamos a unas cajas de cartón que pendían de la rama de algún árbol. Perdimos todas las flechas. Espero no haber herido a nadie, aunque es tarde para pedir perdón. Las flechas (se compraban de a una, eran caras y a mí me parecían enormes y hermosas) las vendían en la Proveeduría Deportiva de la Av. Callao, en Buenos Aires. También durante esas vacaciones aprendí nuevamente a andar en bicicleta. Dicen que es algo que no se puede olvidar: "es como andar en bicicleta". Pero yo me había olvidado. La última vez que había subido a una, a mis cinco años, había caído y me había lastimado la nariz y una rodilla. Nunca más. Y era un motivo de vergüenza para mí, ser tan grande y no saber andar. Así que, aprovechando las cuestas de San Esteban, en pocos días estaba nuevamente en bicicleta. Un motivo de gran felicidad. Otro recuerdo inservible: un domingo en la revista de Clarín hubo una nota sobre cuatro seguros precandidatos a la presidencia: Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Antonio Cafiero e Ítalo Luder. El título era "Uno de estos cuatro hombres será el próximo presidente de los argentinos". Me parecía muy gracioso que ninguno fuera militar, yo sabía que los presidentes provenían de alguna de las tres fuerzas. Recuerdo que me cayeron simpáticos Alfonsín y Cafiero, y también que me parecía inverosímil que se llegara a votar en la Argentina. No sé por qué recuerdo tanto ese artículo, quizás lo leí muchas veces, como pasa a veces con esas revistas que se resisten a terminar siendo combustible para prender el fuego y dan vueltas por toda la casa durante días.

Nuestras vacaciones eran, casi siempre, en el Sur. Allí se pescaba trucha. Durante "el año" (eso que ocurre de marzo a diciembre) hacíamos no menos de tres o cuatro escapadas de fin de semana largo a Mar del Plata, o a veces a alguna laguna o río más cercano. A pescar. Y si no, las vacaciones podían ser en algún otro lugar con mar. Y cañas. La pesca deportiva era una actividad familiar fundamental: a los siete años ya sabía limpiar los pescados y, pese a todos mis miedos infantiles, tenía mi propio cuchillo para limpiar los pejerreyes y corvinas que sacábamos en nuestras excursiones. Así que a Córdoba llevamos el equipo de pesca. Infructuosamente pasamos toda una tarde en una hermosa laguna rodeada de sierras, en la que nos dijeron que habían sembrado truchas. Alucinábamos las truchas, como el adicto con síndrome de abstinencia. No picó ninguna, ni siquiera vimos rastros de peces en esas quietas aguas. Volvimos todos de noche, con mi abuelo cantando "Luna, lunera..." en el auto. Seguramente fuimos con los dos autos, nuestro Fairlane LTD y el Taunus de mis abuelos.

Otra actividad que desarrollé en mi infancia fue la fotografía. Sacar fotos (blanco y negro, claro), revelarlas y después ampliarlas en el laboratorio. A San Esteban fui con mi cámara, una Beier Beirette con la lente ya algo dañada en ese 1983, y que seguí usando casi diez años más... Una porquería de máquina, pero a la que yo quería mucho. Había sido de mi abuelo, antes. Le cargué un rollo blanco y negro y casi me olvidé de que la tenía.

Un día lluvioso en el que estaba aburrido (como muchos días de aquel verano ahora inolvidable) salí a caminar, solo, por San Esteban. Si el pueblo parecía abandonado los días de sol, en esa tarde de lluvia parecía un pueblo fantasma. No había nadie en ningún lado. Caminé hasta llegar a a estación de tren, abandonada. Hacía años que los trenes no pasaban, o no paraban por lo menos. Entre las vías crecía el pasto y, para mi sorpresa, sobre el andén había autos estacionados. Se ve que los habitantes usaban el lugar como garage, lo cual no era tan mala idea: el techo protegía del sol y de la lluvia. Los autos no estaban abandonados, eran modelos relativamente nuevos y se notaba que estaban en buen estado. Con la tarde gris y lluviosa, me pareció muy poético todo (con el sentido de lo poético que puede tener uno a los once años), por lo que comencé a disparar con la cámara. Había buena luz (o eso creí), por lo que debo haber tomado no menos de diez fotos. Recién podría verlas unas semanas después, con suerte. En realidad las revelé mucho después, y eso puede haber afectado la película, porque cuando finalmente las vi, ampliadas, no valían gran cosa. Faltaba exposición, yo había calculado mal la luz, o vaya a saber qué. Pero no eran tan poéticas como en mi recuerdo. Sin embargo, allí están, esos seis autos que en mi memoria eran el doble, a resguardo de la módica lluvia cordobesa de febrero.

La sensación poética (o como se llame ese sentimiento) es más fuerte que el hecho "real" que la despertó. De todos los recuerdos de ese verano en San Esteban, el más fuerte es el de esos autos (Renault 12, Renault 4, Dodge 1500, Ford Taunus, etc) bajo el techo del andén de la estación, con el cartel que dice "San Esteban" en el fondo, en letras blancas sobre fondo negro, como esperando un tren que nunca va a llegar.