jueves, 2 de octubre de 2014

Décima foto - En el manicomio

Esta foto no es tan vieja. En realidad, hago trampa; es de hoy, domingo 28 de septiembre de 2014. Estamos en el Centro Cultural del Hospital Borda, escuchando a un pianista que es el orgullo local. A lo largo de unos quince minutos toca algo de Mozart, Chopin, un preludio de Debussy y ahora está por interpretar una sonata de Alban Berg. Antes de cada pieza, explica con sencillez y precisión didáctica qué es lo que va a tocar, y va trazando un recorrido que nos lleva de Mozart a Berg con total naturalidad. Todo lo que dice tiene fundamento, y veo con otra luz, con una mirada más pianística, lo que estoy oyendo.

El público no es el habitual en una sala de concierto: está compuesto por internos del hospital (¿pacientes?), colaboradores del centro cultural, algunos pocos familiares, mi coro y yo. Algunos fuman y es muy posible que sean internos. Pero salvo en los casos más patéticos, como aquellos algo espásticos o con claros problemas, se hace muy difícil diferenciar a profesionales de la salud de enfermos. Nosotros asistimos, algo hipnotizados por el pianista, por un lado, y como abstraídos frente a la pantalla del cine, por el otro, a lo irreal de la situación.

La sala de lo que llaman centro cultural es un viejo taller decorado por cientos de dibujos, pinturas multicolores, pequeñas y grandes esculturas. El resultado es un collage algo absurdo, de muchas formas y colores, con algunas frases escritas en carteles o en las paredes mismas del lugar. Curiosamente ante tanto encierro, la sensación adentro (por lo menos es lo que yo siento allí) es de una gran libertad.

¿Cómo llegamos? Hace unas semanas una cantante del coro, que frecuenta el lugar como parte de su formación, propuso que viniéramos a cantar al Borda. Y, sin pensarlo demasiado, movidos por el impulso, aquí estamos. Es un coro de jóvenes, en un lugar donde no abundan los jóvenes. Debíamos cantar a las 16.30, pero nos demoramos vocalizando y practicando en el primer piso, y puntualmente el pianista decidió comenzar, ante nuestra ausencia (llegamos a la sala donde debíamos cantar tres minutos tarde). Así que, en silencio, nos sentamos en las sillas mientras Martín (así se llama) toca un movimiento de sonata de Mozart.

Pese a que se trata de un piano electrónico, la profundidad de la interpretación, la perfecta digitación, nos maravilla a todos. Ese pianista podría estar tocando en cualquier sala de conciertos del mundo. Pero está ahí, en su hogar, en el loquero. Sin embargo, tanta belleza, tanto arte, es incomprendido por algunos... Curiosamente, la locura no está en los "internos", sino en una suerte de ayudantes (¿serán enfermeras, voluntarias, familiares?) que pasan, mientras Martín toca delicadamente un preludio de Debussy, repartiendo, en una suerte de irrespetuoso happening fellinesco, helados de crema de frutilla. El coro, en pleno, rechaza el convite. Pero los locos rasgan, todos al unísono, los papeles que envuelven a los helados en palito, con el consecuente estrépito. ¿Dónde anida la locura? Otra vez siento que es absolutamente arbitrario que unos estén internados allí y otros lleven uniforme de enfermeros.

Nunca antes había entrado al Borda. Tiene algo de fábrica o de complejo fabril de los años '50, algo de central atómica, algo de cuartel, algo de hospital, algo de monoblock socialista, algo de escuela, algo de club de campo y mucho de pesadilla, pero una pesadilla algo dulce, con el canto de cientos de pájaros, paseos arbolados y mucho verde. Es la primera vez que paseo por estos caminos desolados y sin embargo siento una familiaridad. No sé por qué, en mi cabeza suenan, al llegar y al irme, canciones de Pescado 2, el disco doble de Pescado Rabioso, grupo que siempre relacioné con la locura, la violencia, lo irracional y los tempranos años '70, que fueron también los de mi primera infancia (el grupo existió durante menos de dos años, entre fines del '71 y comienzos del '73, es decir, y lamento lo autorreferencial, entre mi nacimiento y la separación de mis padres). Lo irracional, la enfermedad de la mente, aquí no tiene nada de pintoresco o de divertido. Es sufrimiento puro, y no puedo dejar de pensar en que este lugar sirve para recordarme lo horrible que puede llegar a ser la vida en este planeta.

Cuando Martín termina la sonata de Alban Berg es nuestro turno. Cantamos nuestro repertorio sin mucha brillantez, pero somos aplaudidos de todas formas. Luego de los saludos de rigor, converso unos pocos minutos con el pianista. Le pregunto cómo hace para estudiar, me cuenta que tiene un piano de verdad en otro pabellón, que lo están por venir a afinar. Me explica que también es compositor, algo que ya sabía. Le dejo mi tarjeta y le pido que si tiene algo escrito para coro me lo envíe. Luego me voy, solo, afuera ya salió el sol (cuando llegué había una suave llovizna). Vuelvo caminando hacia el auto entre los horrendos edificios. Personal diverso (cocineros, enfermeros, ordenanzas) conversan al aire libre.

Los pájaros cantan en las ramas de los antiguos árboles. Parecen una multitud. Todo el sinsentido del mundo se me revela, en esa breve caminata, con la única música de las aves sobre el recuerdo de Dowland, Lassus, Mozart, Mendelssohn, Chopin, Berg, Lennon y McCartney.

Si fumara, sería el momento de prender un cigarrillo, cerrar los ojos y darle para adelante. Pero ya no tengo veinte años, y el mundo no es tan liviano como entonces. Así que vuelvo a casa con el lastre de esta tarde tan densa y reveladora.

Me acompañan en la caminata Gogol, Van Gogh, Rasputín, Artaud, Freud, Foucault, Vallejo-Nágera, Klaus Kinski, Gatti y Abreu.