viernes, 27 de mayo de 2011

Quinta foto - Sevilla '92

Esta fotografía es rara. La única figura humana aparece pequeña, al fondo de lo que los españoles llaman una plaza, es decir un espacio sin edificaciones en el centro de varios edificios antiguos, en el centro de Sevilla. La plaza era como un rombo, en uno de cuyos vértices estoy yo (esa figura humana de la que hablaba antes) a medio metro de una pared blanca, como todas las paredes del centro de Sevilla. Dos metros y medio por encima de mi cabeza hay un antiguo farol, apagado (es de día). A la derecha del farol, dos carteles con flechas que señalan un lugar que no se ve en la foto. Haciendo un esfuerzo descomunal distingo que dice, uno: "PENSIÓN / SAN / PANCRACIO", en ese orden de arriba hacia abajo; el otro: "ROOMS / CHAMBRES / ZIMMERS". Son carteles de letras negras sobre fondo blanco, anteriores a cualquier técnica moderna de impresión, pintados a mano con buen pulso. A la izquierda del farol hay una callecita. Allí, la competencia puso su cartel, un poco más artístico, si se quiere: "PENSIÓN / EL PATIO / CRUCES / ROOMS / CHAMBRES". La palabra CRUCES está pintada de rojo, por algún motivo propagandístico, y las palabras en inglés y francés, quizás por pudor, tienen un cuerpo más pequeño que las otras, lo cual le quita unidad y simetría al cartel.

Un 65% de lo que se ve en la fotografía es el piso de baldosas. Un 30% las paredes y ventanas enrejadas de los edificios que allí se levantan. El restante 5% lo constituimos una motoneta apoyada contra la pared del lado derecho de la foto, y yo. Todo indicaría que en la pensión (de una estrella) San Pancracio nos hospedamos Guille y yo. Guille es el autor de la fotografía, que me parece increíble por un motivo: el total vacío humano que me rodea. Es una foto diurna, tomada en el centro de Sevilla, a dos minutos de la catedral. Y mis recuerdos de Sevilla son, en su mayor parte, así: mi amigo y yo caminando solos por la ciudad y nuestros pasos resonando contra el pavimento, contra las paredes. Nuestras voces hablando casi en sigilo (como quien visita una iglesia o un museo), rodeados de soledad. También recuerdo una multitud un día al mediodía, en una plaza céntrica, con bares llenos de gente en los que tomamos cerveza. Y mi visita a un peluquero, sólo para decir que me había cortado el pelo un barbero de Sevilla.

Un problema en el mecanismo de las patillas de mis anteojos me llevó a una óptica. Luego de eso recuerdo que fuimos a comprar jamón y había tantas variedades que nos mareamos. No compramos el más caro (un pata negra). Después nos tomamos un autobús repleto con un conductor que nos hizo recordar a nuestra patria, por su manera de pisar el freno.

Pasamos tres días en Sevilla y los tres días visitamos la enorme catedral. Todo el tiempo estaban afinando el órgano. Nos dijeron que cuando terminaban de afinarlo debían volver a comenzar: no sé si será cierto pero creí firmemente en esa leyenda. Por la noche volvíamos tarde a la pensión, y no había ningún problema: el conserje nos atendía en camiseta. Miraba la TV mientras comía, de a una, unas alcaparras que tenía en un frasco. También subimos a la Giralda, desde donde vimos (y fotografiamos) toda la ciudad. Fuimos a un parque, vimos correr el Guadalquivir, algo escaso de aguas. Hacían 15 grados, era un invierno amable y soleado. Todos hablaban de la Expo Sevilla 92, pero no vimos las obras. Nos mantuvimos a una prudente distancia.

Aunque quiera, no logro recordar qué leía en ese viaje. Caminábamos mucho, comíamos barato (si España nos parecía barata, Andalucía más). Recuerdo un almuerzo en una fonda, donde comimos tortilla de papas... ¡a la francesa! Estaba repleto de gente, muchos turistas, y era muy barato. Una caña (el vaso alto, más chico, de cerveza tirada) en un bar del centro salía 80 pesetas, que era un poco más de medio dólar, unos 7000 australes. El nuevo "peso convertible" había comenzado sus andanzas el 1º de enero, pero Guille y yo ya habíamos comenzado entonces nuestro raid mundial así que seguíamos pensando en australes, o en dólares. Recuerdo que nos manejábamos con las enormes y pesadas monedas españolas, casi no usábamos billetes. No gastábamos en nada que no fuera comer, beber, fumar y dormir.

Ahora recuerdo que algo que nos llamó la atención al comenzar a caminar el primer día por Sevilla fue la manera de mirar que tenían las andaluzas. Muchas nos parecieron hermosas, pero no creo que hayamos comenzado una conversación con ninguna. Nos miraban y sostenían la mirada. Yo estaba soltero y casi desesperado por compañía femenina, pero era (soy) muy tímido, para mi desgracia. Mi amigo y compañero de viaje tenía a su novia en la Argentina, y no tenía ojos para otra mujer, así que no era fácil convencerlo para que nos acercáramos a las chicas. Pasaron casi veinte años y me cuesta creer las pocas ataduras que tenía yo en esa época. No tenía compromisos, nadie me esperaba en Buenos Aires, podía tanto volver como seguir dando vueltas por el mundo el tiempo que quisiera (por supuesto que tenía pasaje de vuelta y la idea de seguir estudiando piano a mi regreso). El único límite era la escasez de dinero: realmente viajé con unos pocos dólares, y no me consideraba idóneo para realizar ningún trabajo manual o de los otros, así que me convenía regresar a casa en la fecha acordada.

Todo esto que cuento de manera tan fragmentaria ocurría en Sevilla a fines de enero de 1992. Tenía veinte años y pensaba que estaba algo gordo (lo cual quizás fuera cierto comparando mi peso con el de unos años atrás). Ahora me veo flaco en esa foto en la "plaza" (no sé cómo pueden llamar plaza a eso). Cuando volvimos a principios de marzo, todos me decían que había pasado hambre por lo flaco que estaba. Pero siempre que vuelvo de Europa me pasa eso: camino mucho, como al paso y bajo de peso. Europa es más saludable para mi organismo que Buenos Aires, aparentemente. O será que todo es muy caro y uno come poco.

De Sevilla, donde no ocurrió nada, absolutamente nada memorable, fuimos a Córdoba. Ahí también paramos tres días y hubo alguna aventura, por lo menos, curiosa. Pero esa es otra historia, si es que aparecen algún día las fotos de Córdoba.

martes, 24 de mayo de 2011

Tercera y cuarta fotos - Un bagre y una invitación a 1976

De un lado, en una foto vertical en blanco y negro, se ve a un niño que sostiene con sus dos manos un pescado. Se ve asomar el anzuelo clavado en la boca del pescado. El niño mira con atención a su pieza, no mira a la cámara. Está muy concentrado y hasta algo temeroso de lo que pueda ocurrir con su víctima. Vemos hasta los muslos el cuerpo del niño; el pescado está de cuerpo entero. En el fondo, unos árboles. Algunos con follaje. Uno, solitario, pelado. El niño tiene el pelo liso, algo largo, entre castaño y rubio. Lleva un pullover con motivos geométricos blancos sobre fondo de color impreciso. Hay formas como rombos y cuadrados de diferentes tamaños. Las mangas no tienen ese juego, son de un solo color.

Del otro lado, se lee, con letra algo infantil, pero que no podría ser del niño de la foto (claramente analfabeto): "Mi primer bagre / Quinta '76 / 4 años".

El niño de la foto soy yo. Y sí, en el invierno de 1976 no había cumplido los cinco años todavía.
Vuelvo a ver la foto. No es un bagrecito así nomás. ¿Lo habré sacado yo del agua? Quizás me picó a mí y mi papá lo sacó, y luego me adjudicó el mérito y sacó la foto. Es raro porque no recuerdo otra ocasión de pesca con él. Al contrario, tenía pasión por los pececitos tropicales y los cuidaba mucho. Aunque una cosa no quita la otra. Pero más bien me imagino la situación: el frío en el campo, un niño de cuatro años aburrido, un padre separado, un plan perfecto: ir a pescar. No fue mala idea. La pesca hace que el tiempo se deslice de una manera misteriosa y fluida. Ahora que ya olvidé lo que es el aburrimiento, celebro que se haya apiadado de mí esa tarde de sábado o domingo.

Estar aburrido es y era algo frecuente para un niño analfabeto. En esos años la televisión no estaba tanto tiempo encendida, como ahora. No había canales infantiles. Era blanco y negro (como la mayoría de las fotos que yo veía) y había que tener mucha suerte para encontrar algo interesante para niños de cuatro años. De todas formas, estábamos en el campo, en una estancia (no una quinta) y no había televisión. No creo que hubiera teléfono, tampoco. Pienso que cuando digo "en esos años" no me refiero a los de la última dictadura (si bien lo eran) sino los de mi infancia. El año 1976 ahora es imposible de separar, para los argentinos, del comienzo de esa dictadura. Pero entonces, cuando transcurría, era simplemente el año en curso: un año tan espantoso, o más, o menos, como los dos o tres anteriores, según qué adulto hablara. Y por lo general, los adultos no hablaban de eso delante de los niños. Si tuviera que hacer una lista de las cosas que recuerdo de 1976, como ejercicio de memoria, no sería una lista larga, pero incluiría varios hechos que ahora sé que fueron políticos (o históricos, a esta altura) o que derivaron de las condiciones políticas.

Hago la lista, ya mismo. Me encanta hacer listas.

Recuerdo que en el verano fuimos a San Bernardo, con mi mamá y el novio que tenía entonces. Era un hotel de Luz y Fuerza, cuyo logotipo, por así llamarlo, me asustaba un poco. Recuerdo la habitación del hotel, donde descubrí por no sé qué azar de la conversación, que había dos frutas que hasta entonces eran la misma para mí, pero que tenían nombres distintos: el durazno y el damasco. Recuerdo también el comedor y el lío que armábamos ahí los niños del hotel. Recuerdo los caramelos Sugus, en sus cuatro variedades (limón, frutilla, ananá y menta, que no me gustaba, es más, le tenía miedo). También recuerdo conversaciones sobre lo mal que estaba todo, en las que se mencionaba a Isabel. No hay más recuerdos de San Bernardo, pero no supe mucho más de ese novio, la relación no prosperó y eso me llenó de alivio por una parte (me parecía viejo ese señor) y de tristeza por otro, ya que tenía una hija apenas más grande que yo que me gustaba mucho. Acá abro un paréntesis.

(Ese novio de mamá no andaba muy feliz que digamos, en su casa recuerdo una foto de un muchacho, colgada en la pared, y recuerdo que su hija me dijo que ese era su hermano, que era "guerrillero" y había muerto en una batalla en Tucumán, lo que me llenó de confusión y temor, luego de lo cual mi madre tuvo que explicarme con cuidado y destreza de qué se trataba el asunto, cosa que no me aclaró demasiado: ¿había soldados en una guerra en Tucumán, ahora? ¿Cómo nadie me había dicho nada del asunto? ¿Ella (la niña) a los cinco años, tenía un hermano muerto en esa guerra? ¿Era de los buenos o de los malos? Parecía imposible. Y había ocurrido ese mismo año, porque este recuerdo debe ser de 1975, por eso lo pongo entre paréntesis. También recuerdo que ese mismo día, en esa vieja casa, cuando me preguntaron qué quería tomar y respondí "Coca-Cola", el novio de mi mamá dijo que no había, porque era una bebida imperialista. Lo odié mucho, en ese momento.).

Después viene un recuerdo extraño, un chiste gráfico de Landrú en La Nación, en casa de mis abuelos paternos, en el que Isabel se comía a la paloma de la paz, al plato. Quizás lo inventé yo. A continuación un discurso por televisión de Isabel, cuya voz me atemorizaba (tenía muchos miedos, entonces). Después un recuerdo de imágenes de tanques en fila (debe ser el golpe del 24 de marzo). Otros recuerdos aislados: el billete de un peso, de color naranja, con el que me podía comprar un paquete de galletitas diminuto, de Manón (¿traía cuatro galletitas, o lo estoy inventando?). Se ve que no valía mucho ese billete, que luego desapareció. En julio de ese año se fue de la Argentina Ezequiel, uno de mis mejores amigos del jardín, con sus hermanos y papás. Nos avisaron un día que se irían en barco con todas sus cosas. Muy lejos, en primer lugar a España. Y luego a Israel. Al día siguiente se fueron. Amigos queridos de mi papá también se iban. Algunos me dejaban juguetes, de regalo. Uno me dejó un juego de piezas de madera con el que se podían construir edificios en miniatura. Era de su infancia. A mí me maravillaba que tanta gente se fuera y que dejara cosas queridas en vez de llevarlas. A mi alrededor era común que la gente viajara por el mundo (salvo mi mamá y yo, que no salíamos nunca de la Argentina). Mi abuelo tenía una agencia de turismo y andaba volando de acá para allá. Pero esto era distinto; la gente no se iba de vacaciones, era algo permanente. Fulano se iba a México y Mengano a Ecuador (lo juro), y así. Quizás no fueran tantos amigos. Dos, o tres, a lo sumo. En todo caso me impresionó, porque guardo ese recuerdo.

Luego, en octubre, cumplí los cinco años y se hizo una linda fiesta, con mago y todo, en Munro, en la casa de mis abuelos maternos. No faltó una paloma que nos dejó estupefactos. En algún lugar del mundo están las fotos de ese día. Y la tarjeta de invitación fue una foto. Hoy diríamos una "producción" hecha por mi papá. Se ve al mismo niño que pescó el bagre, sosteniendo un gran cartel de cartulina escrito prolijamente a mano, con marcador, en letra de imprenta, invitando a "MI CUMPLE / EL 16/X/76. VENI!", la dirección, la hora y al pie mi nombre, de mi puño y letra, tan grande que en ese lugar la cartulina sobresale bastante. En la foto sonrío con bastante sinceridad, y se ve que llevo un pullover con motivos romboidales de diversos colores, entre los que domina el blanco, sobre fondo de color oscuro. Pero no es el mismo pullover, ocurre que estarían de moda, nomás. Me pregunto, viendo la invitación, cómo habrán hecho los compañeros de jardín para llegar a Munro, tan lejos de nuestro barrio. Creo recordar que mi papá y mi mamá, cada uno con su auto, llevaron algunos chicos hasta la casa de mis abuelos. Era un sábado, como cuando nací (gracias a los años bisiestos). Me pregunto, además, si algún niño de entonces guardará la invitación. Lo dudo.

No tengo más recuerdos de 1976, por lo menos que sepa con claridad que son de ese año: el momento de la pesca del bagre lo tengo muy difuso. Lo que es notable es que es la misma calidad de papel y el mismo brillo que la fotografía número dos, por lo que estoy en condiciones de afirmar que se trata del mismo lugar (¿Roque Pérez?) y época. Si aquella foto de los caballos tirando del carro fuera mía (cosa posible, está fuera de foco) se trataría probablemente de mi primera foto, con lo que estaríamos ante una excursión memorable: primer bagre, primera foto. Prometo, como dicen los periodistas, recabar más información.

viernes, 20 de mayo de 2011

Segunda foto - Misterio rural

Las sucesivas mudanzas hicieron que muchas fotos que estaban en cajas, en sobres o sueltas, terminaran juntas. Fotos de distintas épocas, que no tienen nada que ver entre sí. Lo que es peor: a veces el azar reúne dos fotografías que parecen no tener nada en común pero que resultan ser muy parecidas, en algo. Pero lo más raro es esto que me pasa ahora mismo: buscando fotos viejas, pensando en cuál elegir para describir, para comenzar otro relato, aparece una que nunca había visto.

No hay seres humanos en esta fotografía blanco y negro. No es buena la foto, se ve algo borrosa. En el reverso no dice nada, pero por el papel y el corte me doy cuenta claramente de que fue ampliada en un laboratorio hogareño. De ser así hay muchas probabilidades de que el autor de la foto haya sido mi padre. El paisaje y sobre todo la arboleda no podrían ser de otro lugar que la Provincia de Buenos Aires. No soy un especialista en botánica, pero se ve un camino hecho de tipas, quizás, más un pino en segundo plano, algunos eucaliptos, unos pequeños árboles frutales, y en el fondo otro camino hecho con unos árboles pelados (sería invierno). En el pasto, echado, un perro de raza desconocida, pelaje más oscuro en el lomo, la panza más blanca (pero está tan fuera de foco que podría ser un zorro o un lobo, tranquilamente). A la derecha hay un bulto blanco que podría corresponder a otro perro, pero podría ser un gato muy gordo, también. Allí se ve un tronco cortado y tirado. A la izquierda del supuesto perro, dos metros detrás, el tronco de un árbol que hace sombra sobre lo que parece ser el sujeto de esta foto: dos caballos blancos que tiran de una carreta muy antigua. Las ruedas delanteras más pequeñas que las traseras, toda de madera. Sin techo, sin puertas, casi sin carrocería. Ahí donde se la ve, parece estar en uso. Si uno viera un carruaje así en el campo, ahora, sería de colección. Si estuviera en uso tendría neumáticos, probablemente. Pero no es el caso de este carro que no parece cumplir ningún fin estético en el campo, sino servir al propietario para ir con cosas de un lugar a otro.

Es posible que sea de una estancia que tenía una amiga de mi padre, a la que fuimos una vez (o varias, el recuerdo es difuso) en 1976 o 1977. Esta foto parece ser invernal por lo pelados que están los árboles del fondo. En esa estancia en algún lugar de la provincia (un enorme campo, según recuerdo) pesqué mi primer bagre en un arroyo. En algún lugar está la foto. También nadé y hasta barrené con una tabla de telgopor en un tanque australiano. Y descubrí qué olor tienen las naranjas cuando se tiran a un hogar; esa mezcla de leña y cáscara de naranja la aprendí allí. Si todo eso ocurrió una sola vez, esta fotografía corresponde a esa excursión. Pero parece dudoso: recuerdo el calor que hacía cuando nadaba en el tanque australiano (tiene que haber sido en verano), y en la foto con el bagre estoy con un pullover de lana.

Si yo no recordara esa estancia, no tendría ni la más remota idea sobre el origen de esta foto. Si bien de la fotografía no se puede deducir nada en particular, el hecho de que yo la posea me indica que puede haber alguna relación con la foto en el tanque australiano y con la del bagre (si las encuentro). Si yo no recordara esas fotos y esa estancia, podría pensar tranquilamente que es una foto de alguno de mis abuelos, por la antigüedad de la carreta y lo movida que está la toma. Podría ser de Polonia en 1925. O de Choele Choel en 1938 (pero hay demasiada vegetación). Lo único que me lleva a pensar que es en algún partido de la campaña bonaerense es la variedad de árboles plantados; es un paisaje que me suena familiar en algún sentido.

Lo que me sobresalta, sin llegar a aterrarme, es que juro que jamás había visto esta foto antes. Hace dos o tres semanas me sobrevino la idea de escribir estos relatos de fotos viejas. Porque siempre miro las fotos, y pienso cosas, y me parecía interesante fijar esas ideas. Como es un ejercicio que hago desde niño, me conozco todas las fotos que tengo de memoria. Entonces, ¿cómo se explica esto? Quizás, como está algo borrosa y fuera de foco, nunca la consideré. Pero eso no explica todo. ¿Por qué apareció en una caja con otras fotos que no tienen nada que ver? ¿Qué puedo hacer al respecto? Lo que me pregunto, en realidad, es: ¿qué otras sorpresas me esperan en esas cajas?

Temo que no esté siendo claro, mi terror. En el fondo, me está pasando realmente algo que escribí como cuento hace muchos años. Uno de mis primeros cuentos en serio. Se llamaba "Un olor a tostadas" y lo perdí, no tengo copia. Tampoco vale la pena; era una idea, nomás. La idea era que una persona que vive sola, un día se despierta y siente, en su vivienda de soltero, un olor a tostadas recién hechas. Imposible. Se levanta y lo saluda una bella mujer que resulta ser su esposa. Perplejo, al comienzo asustado y luego encantado, el hombre comienza una nueva existencia con esa pareja que no sabe cómo apareció. Lo peor es que existen amigos que los conocen, todo un mundo de relaciones y recuerdos, que llevan a pensar a mi personaje que en realidad sufría algún tipo de amnesia. Luego aparecen los hijos (ya nacidos y crecidos, de la misma manera mágica en que había aparecido la mujer). Por supuesto hay fotos en los que los felices padres están con los niños, etc. Así transcurre feliz la existencia de mi personaje, hasta que un día todo se evapora y está otra vez solo. Como si esa familia nunca hubiera existido. Sólo queda, en un portarretratos, una fotografía de los cuatro, sonrientes, felices. Pero el mundo no registra otra señal de esas tres personas que le dieron sentido a la vida de nuestro solitario. Eso era todo (no eran más de dos páginas).

Y hoy, buscando fotos viejas, apareció esta foto, que nunca antes había existido en esa caja marrón, como si se hubiera autogenerado ex profeso para que la describa en estos escritos.

martes, 17 de mayo de 2011

Primera foto - África mía

Formando un semicírculo, sobre un piso de baldosas lisas símil piedra, se ve un conjunto de hombres y mujeres negros, entre quienes se destacan por contraste un hombre y una mujer blancos. Detrás del grupo una sobria columna y más allá cuatro o cinco palmeras ubicadas a intervalos irregulares. Es un coro de Kenya o Uganda, no lo recuerdo bien, perteneciente a la Telecom de ese país (lo cual es una forma de decir, ya que se trata de Telecom de Francia o Italia, lo mismo da, en su versión aborigen).

Contra lo que podría pensarse, la foto no fue tomada en África sino en Tarragona. El fotógrafo fui yo mismo, por lo que puedo afirmar que es de julio de 1999. Era uno de los coros participantes en la Setmana Cantant de ese año. Siempre me pareció curiosa esta fotografía por algo muy peculiar, una tensión que se ve y que recién ahora, años después, percibo.

Los integrantes del grupo retratado son, en su mayor parte, lo dije, negros. Es difícil precisar cuántos son a primera vista, pero hay una fila de doce o trece, incluyendo a la mujer y al hombre blancos, y luego otra fila del mismo número. Parece que estuvieran por comenzar a cantar, o que estuvieran cantando. El hombre blanco, como ya habrán adivinado muchos, es el director del coro. Está apenas un pasito adelante que el resto del grupo y sonríe. Lo recuerdo muy bajo y algo gordito, esto último se ve claro en la foto, pero su estatura ahora me parece normal, quizás porque de manera muy planeada se ubicó entre las mujeres más bajas. También recuerdo que la mujer blanca era su esposa y acompañaba a la comitiva, pero no cantaba. El hombrecito blanco, si mi memoria no falla, era belga, flamenco. Quizás esto lo inventé con el tiempo de mirar la foto y con mis lecturas sobre el Congo, pero lo que es seguro es que si no era belga era francés, con lo cual sería de otra ex potencia colonial. Lo cierto es que recuerdo que no me cayó muy simpático, quizás a causa de su cuidada simpatía. Siempre sonriente, prolijo y atildado, se nota a simple vista que su ropa la compró en una tienda a miles de kilómetros de la tienda donde el resto del coro compró la suya. Ellos no podrían ser más africanos; él (y su mujer) no podrían ser más europeos. El coro, en semicírculo, está relajado. Cada cantante parado con naturalidad. Él también está con los hombros relajados, una sonrisa se esboza en sus labios. Sin embargo...

Recuerdo que este coro no pasó desapercibido esa semana en Tarragona. Fueron protagonistas de varias anécdotas algo escandalosas. Comentarios de juergas, orgías e inclusive situaciones de emergencia con visitas al hospital (o visitas policiales) fueron recurrentes cada mañana en el desayuno común. Los chismes corrían de mesa en mesa con una mezcla de sorpresa, indignación y envidia. Una noche se hacía una habitual fiesta en la playa, con una banda de habaneras muy catalana y una bebida caliente (cremat) con algo de ron y cáscaras de naranja, deliciosa. Allí los kenyatas se metieron al mar, de noche, aprovechando el calor del verano y la agradable temperatura del Mediterráneo, y en lo negro del agua sólo se veía el blanco de sus ojos y de sus dentaduras perfectas y sonrientes. Para los cánones occidentales las mujeres eran bastante gordas, sin excepciones (es decir, no había ni una que no fuera muy gorda) y se habían hecho un peinado típico hermoso y que no parecía permitir la entrada de ningún tipo de champú. Los hombres, por el contrario, eran altos y flacos, pero no muy dados a la conversación. El grupo no parecía tener mucho interés por confraternizar con los demás cantantes allí reunidos, pero sí hubo muchos contactos entre ellos, como si estar de viaje por el extranjero los liberara de ciertas ataduras y compromisos sociales que tenían en su tierra, y en su empresa, porque no dejaban de ser el coro de Telecom.

Volviendo a la foto tomada el último día de ese festival, recuerdo que estaban cantando, y que les tomé la foto entonces, a modo de despedida. Estábamos todos en una especie de explanada por la que se entraba al complejo en el que dormíamos, comíamos y participábamos de los talleres corales. Veamos nuevamente al director, bajito, belga, algo rechoncho, con su pelo corto rubio-grisáceo y sus anteojos prolijos. A su derecha, una mujer negra con una camisola multicolor. No lo mira, parece mirar directo a la lente de mi cámara. A su izquierda, otra mujer negra, con una camisa partida en cuatro rectángulos, negros y blancos. Mira hacia la derecha, levemente. El director, un paso adelante, tiene el pie izquierdo apenas unos centímetros hacia el frente, con la pierna semiflexionada. Parece que marcara el pulso con ese pie. En todo caso, es una figura armónica. Lleva pantalones marrones, de un marrón claro, mocasines marrones oscuros y una camisa de un rosa muy tenue, de mangas cortas. Pero, ¿qué es lo que me molesta tanto de él? Es algo quizás inocente, pero que no deja de enervarme. Lo descubro ahora, muchos años después. No es su extrema pulcritud, su autoritaria sonrisa ni la extrañeza de ver a un hombrecito blanco dirigiendo a estos coristas negros, tanto tiempo después de la época colonial.

Ajustando sus prolijos pantalones hay un cinturón de cuero. Sobre el cinturón, del lado izquierdo (o sea, del lado derecho de la fotografía) un teléfono celular. Uno de los que todavía se podían ver en el siglo pasado, bastante más grandes que los de 2011, pero que entonces parecían los más pequeños porque, de hecho, lo eran. ¿Eso era todo? Es el único que porta (en la fotografía) un celular. Pero la forma en que lo lleva, en combinación con la postura corporal del hombrecito y con el lugar central que éste ocupa en la fotografía, tan contrastante con el coro, tan dominante y controlante, tan desagradable en su superioridad europea, hace que sea inevitable verlo, en un primer golpe de vista, como un látigo.