Un 65% de lo que se ve en la fotografía es el piso de baldosas. Un 30% las paredes y ventanas enrejadas de los edificios que allí se levantan. El restante 5% lo constituimos una motoneta apoyada contra la pared del lado derecho de la foto, y yo. Todo indicaría que en la pensión (de una estrella) San Pancracio nos hospedamos Guille y yo. Guille es el autor de la fotografía, que me parece increíble por un motivo: el total vacío humano que me rodea. Es una foto diurna, tomada en el centro de Sevilla, a dos minutos de la catedral. Y mis recuerdos de Sevilla son, en su mayor parte, así: mi amigo y yo caminando solos por la ciudad y nuestros pasos resonando contra el pavimento, contra las paredes. Nuestras voces hablando casi en sigilo (como quien visita una iglesia o un museo), rodeados de soledad. También recuerdo una multitud un día al mediodía, en una plaza céntrica, con bares llenos de gente en los que tomamos cerveza. Y mi visita a un peluquero, sólo para decir que me había cortado el pelo un barbero de Sevilla.
Un problema en el mecanismo de las patillas de mis anteojos me llevó a una óptica. Luego de eso recuerdo que fuimos a comprar jamón y había tantas variedades que nos mareamos. No compramos el más caro (un pata negra). Después nos tomamos un autobús repleto con un conductor que nos hizo recordar a nuestra patria, por su manera de pisar el freno.
Pasamos tres días en Sevilla y los tres días visitamos la enorme catedral. Todo el tiempo estaban afinando el órgano. Nos dijeron que cuando terminaban de afinarlo debían volver a comenzar: no sé si será cierto pero creí firmemente en esa leyenda. Por la noche volvíamos tarde a la pensión, y no había ningún problema: el conserje nos atendía en camiseta. Miraba la TV mientras comía, de a una, unas alcaparras que tenía en un frasco. También subimos a la Giralda, desde donde vimos (y fotografiamos) toda la ciudad. Fuimos a un parque, vimos correr el Guadalquivir, algo escaso de aguas. Hacían 15 grados, era un invierno amable y soleado. Todos hablaban de la Expo Sevilla 92, pero no vimos las obras. Nos mantuvimos a una prudente distancia.
Aunque quiera, no logro recordar qué leía en ese viaje. Caminábamos mucho, comíamos barato (si España nos parecía barata, Andalucía más). Recuerdo un almuerzo en una fonda, donde comimos tortilla de papas... ¡a la francesa! Estaba repleto de gente, muchos turistas, y era muy barato. Una caña (el vaso alto, más chico, de cerveza tirada) en un bar del centro salía 80 pesetas, que era un poco más de medio dólar, unos 7000 australes. El nuevo "peso convertible" había comenzado sus andanzas el 1º de enero, pero Guille y yo ya habíamos comenzado entonces nuestro raid mundial así que seguíamos pensando en australes, o en dólares. Recuerdo que nos manejábamos con las enormes y pesadas monedas españolas, casi no usábamos billetes. No gastábamos en nada que no fuera comer, beber, fumar y dormir.
Ahora recuerdo que algo que nos llamó la atención al comenzar a caminar el primer día por Sevilla fue la manera de mirar que tenían las andaluzas. Muchas nos parecieron hermosas, pero no creo que hayamos comenzado una conversación con ninguna. Nos miraban y sostenían la mirada. Yo estaba soltero y casi desesperado por compañía femenina, pero era (soy) muy tímido, para mi desgracia. Mi amigo y compañero de viaje tenía a su novia en la Argentina, y no tenía ojos para otra mujer, así que no era fácil convencerlo para que nos acercáramos a las chicas. Pasaron casi veinte años y me cuesta creer las pocas ataduras que tenía yo en esa época. No tenía compromisos, nadie me esperaba en Buenos Aires, podía tanto volver como seguir dando vueltas por el mundo el tiempo que quisiera (por supuesto que tenía pasaje de vuelta y la idea de seguir estudiando piano a mi regreso). El único límite era la escasez de dinero: realmente viajé con unos pocos dólares, y no me consideraba idóneo para realizar ningún trabajo manual o de los otros, así que me convenía regresar a casa en la fecha acordada.
Todo esto que cuento de manera tan fragmentaria ocurría en Sevilla a fines de enero de 1992. Tenía veinte años y pensaba que estaba algo gordo (lo cual quizás fuera cierto comparando mi peso con el de unos años atrás). Ahora me veo flaco en esa foto en la "plaza" (no sé cómo pueden llamar plaza a eso). Cuando volvimos a principios de marzo, todos me decían que había pasado hambre por lo flaco que estaba. Pero siempre que vuelvo de Europa me pasa eso: camino mucho, como al paso y bajo de peso. Europa es más saludable para mi organismo que Buenos Aires, aparentemente. O será que todo es muy caro y uno come poco.
De Sevilla, donde no ocurrió nada, absolutamente nada memorable, fuimos a Córdoba. Ahí también paramos tres días y hubo alguna aventura, por lo menos, curiosa. Pero esa es otra historia, si es que aparecen algún día las fotos de Córdoba.
¿Habrá algun pelli de la vieja andalucía? Como el aPELLIdo es catalán, quizá se haya colado alguno.....¿dirigirá coros?
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