sábado, 25 de junio de 2011

Octava foto - Jazz en lo de Beatriz


Como expliqué hace unas fotografías, mudanzas familiares casi simultáneas hicieron que apareciera un número abundante de fotos viejas. Inmersa en esos trámites que nos vuelven tan proclives a la melancolía, mi madre me dio un pequeño álbum de esos que se entregaban con las fotos ampliadas en las casas de fotografía, con varias fotos en su interior, en las que estoy yo. Las fotos las ordenó de cualquier manera, abarcan desde mis cuatro hasta mis treinta y seis años, y me hicieron reflexionar bastante. Por ejemplo, noté qué diferente a mí mismo que he logrado ser en algunas fotografías que me tomaron en la adolescencia. Hay varias tomas notables. Pero, como siempre, la que parecía más anodina fue la que más me hizo pensar.

Es una foto color tomada por alguien en el invierno de 1993, pero no lo podría afirmar con precisión. Le falta luz, por lo que se ve con un tinte amarronado que la debería haber alejado de cualquier álbum. Pienso que su valor es documental. Sentados al piano Steinway de Beatriz (nuestra profesora particular de piano) estamos Gustavo y yo. Él se encuentra a la izquierda del piano (las notas más graves) y yo a la derecha. Estamos tocando. Recuerdo vagamente la situación y mi repertorio de standards de esos años (son los mismos que ahora, tema más, tema menos). Con repertorio quiero decir: aquellas piezas que podía tocar de memoria, sin el Real Book (o sus múltiples fotocopias) a mano. Entre 7 y 9 standards: All of Me, Stella by Starlight, Now's the Time, Take the "A" Train, Out of Nowhere, Bye Bye Blues, The Days of Wine and Roses, Something like Bags, Someday my Prince will come, Whisper not y alguno más. Ninguno lo tocaba bien, aclaro. Además, pequeña trampa, en varios de esos temas tenía ya "escritos" (en mi cabeza) ingeniosos solos que colaba en medio de la improvisación, citando a otros temas, muchas veces tangos muy conocidos. Este recurso lo debía emplear siempre con cuidado. Dicho cuidado se refería, específicamente, a prestar atención al público: hubiera sido un papelón que alguien descubriera el truco por haberlo escuchado más de una vez. Yo soltaba, por ejemplo, en medio de la improvisación de The Days... la melodía del tango Uno. Durante varios compases la cosa funciona bastante bien, pueden probarlo en el teclado. Vuelvo a la fotografía. Tanto Gustavo (un año mayor o un año menor que yo, no lo recuerdo) como yo estamos con poleras azules de algodón. Yo tengo el pelo corto, Gustavo también. A la izquierda del piano se ve una escultura pequeña, reproducción de un Rodin, creo, que sirve de base a una elegante lámpara. La tapa del piano ha sido levantada, y en el otro extremo, asomando como un triángulo que tapa uno de mis dedos, se ve, apoyada sobre el piano, una partitura de tapa verde, de Ricordi, que reconozco de inmediato: es el Children's Corner de Debussy. A la izquierda de Gustavo hay alguien de pie que nos está observando. Se ven sólo sus piernas y un pedazo de la mano izquierda que entra en el bolsillo del pantalón. Debe ser otro pianista.

A fines de 1991 empecé a estudiar piano con Beatriz. No abundaré mucho en esto, sólo quiero darle un marco a la foto. Éramos unos 12 alumnos de entre 15 y 30 años, digamos, que cada tanto (no recuerdo si cada tres o cuatro meses) nos reuníamos en su amplio living para una Audición. Las Audiciones en lo de Beatriz eran eventos parecidos a un concierto pero con fines didácticos. Venían algunos padres, novios o novias, amigos, que tenían que soportar a todo el alumnado tocando sus piezas. Como suele ocurrir, comenzaban los novatos y cerraban los que ya tocaban obras difíciles. Esto era relativo, no había un orden estricto, pero por lo general lo mejorcito se escuchaba al caer la tarde. No había un clima de competencia (o era muy leve) sino de camaradería, casi de hermandad. El hecho de vernos continuamente iba forjando relaciones de amistad o hasta de noviazgo entre los alumnos y alumnas, y todos esperábamos con ganas las Audiciones. Además, a veces venían conocidos o amigas de Beatriz que pertenecían al mundo de la música y al finalizar la seguidilla de obras podían opinar sobre lo que habían escuchado. Todo terminaba con un largo brindis con té, café, bebidas varias, sanguchitos de miga y repostería cara y deliciosa que aportábamos entre todos. Era una tarde entera que se prolongaba hasta el comienzo de la noche. Como todos, comencé tocando algo muy sencillo (porque Beatriz me hizo aprender a tocar el piano desde cero: con mucha sabiduría me obligó a olvidarme de mi manera de tocar hasta el momento en que la conocí) y en los últimos años ya tocaba sonatas de Beethoven enteras, o cosas de Chopin o Brahms de las "algo difíciles".

Sé que la foto debe ser del 93 porque Gustavo no coexistió conmigo, como alumno de Beatriz, mucho tiempo. Después lo seguí viendo en el Conservatorio. Era (es, todavía, sospecho) un buen pianista de jazz. Muy bueno, de lo más impresionante. Un fanático y buen conocedor, por otra parte. Yo, a su lado, era impresentable. Pero era generoso, tolerante, y le gustaba tocar con otros: esa es la única explicación para esta fotografía. Creo que arremetimos con Now's the Time o Stella... Fue después de los sanguchitos y el brindis, cuando ya sólo quedábamos los alumnos, Beatriz, y algunos novios celosos (del piano, más que nada). Nos habremos limpiado las manos y empezado a tocar, luego de lo cual, habrá terminado todo.

¿Y qué quedó del pianista? No puedo asegurarlo, pero creo que aún en aquellos años, cuando casi toda mi vida se reducía a estudiar el instrumento, sabía que no tenía un futuro como pianista profesional. Tocaba y tocaba porque necesitaba tener un instrumento, lo que quiere decir exactamente eso: ganar una herramienta para poder trabajar en el ámbito musical, ya sea como director, compositor, musicólogo o pedagogo. Lo preocupante es que ninguna de esas actividades me parecían interesantes. En mis fantasías yo progresaba con el piano y finalmente me destacaba como concertista, pero sabía muy bien que en la vida real eso sería imposible, por más que estudiara como un animal. Continuamente me entretenía (de manera algo masoquista, puede ser) calculando cuántos pianistas mejores que yo habría en Buenos Aires, luego en la Argentina, luego en el mundo. Eran muchísimos. Entrar al Conservatorio y comenzar a cursar me convenció de lo absurdo del proyecto. Como siempre, Beatriz lo tenía claro desde el comienzo, y sin castrar mis deseos de ser instrumentista, me fue llevando casi imperceptiblemente hacia la dirección coral. El tiempo le dio la razón. Estudié con ella hasta 1997, cuando terminé el ciclo de piano en el Conservatorio Nacional. Fueron menos de seis años, pero en ese tiempo fue la persona a la que más tiempo vi, creo. La veía más que a mi madre, seguramente. En épocas de exámenes podía verla tres veces por semana o más, a veces eran veinte minutos para mostrarle una obra, o un fragmento difícil de una obra. Esa relación alumno-maestro se da ninguna o escasas veces en la vida. Tuve la enorme fortuna de que me tocara Beatriz, quien me enseñó mucho más que el piano. Gran parte de lo que soy como intérprete lo aprendí con ella; desde cosas casi técnicas como las dinámicas, hasta lo que se podría llamar una ética de la interpretación musical y del estudio de la obra. Tan profundo fue el aprendizaje, en ese sentido, que la parte mecánica de mover los deditos me parece, ahora, una nimiedad (aunque sé que no es así y que Beatriz se enojaría si leyera estas líneas).

Recuerdo muchas charlas con Beatriz, en su cocina, café de por medio. Cuando le preguntaba a uno si quería tomar un cafecito era porque había que hablar. Hablar del futuro de uno como músico, de la carrera, de proyectos o de la vida. Muchas veces las charlas derivaban hacia cualquier lado, como debe ser entre personas que se interesan por muchas cosas diversas. Lecturas, películas, conciertos, chismes, todo entraba en esas charlas que más de una vez reemplazaron una clase. En esos años me parecía perfectamente normal el hecho de charlar con ella, café de por medio. Ahora pienso que era un ejercicio de una enorme humildad y sabiduría de su parte; pienso que yo aún estaba saliendo de la adolescencia y me imagino las pavadas que le diría con total desparpajo. Era parte del aprendizaje, entonces yo lo intuía y recién ahora, reflexionando, lo veo con claridad.

En esos mismos años, casi finalizando mis estudios de piano con Beatriz, debe ser que leí a Felisberto Hernández. Mi novia me regaló los tres tomos de sus Obras Completas editados por el Fondo de Cultura Económica de México, y me los tragué enseguida. Allí recuerda en un hermoso libro su época de estudiante de piano (Por los tiempos de Clemente Colling, se llama ese librito, que mezcla recuerdos con fantasía). Al leerlo no entendía el por qué de la obsesión de Felisberto por la memoria, por recordarlo todo. Ahora descubro que estoy haciendo un ejercicio similar al suyo (la diferencia es que el llegó a ser un pianista relativamente exitoso, salió de gira por el Uruguay y vivió del piano).

Por ahí, perdidas entre otras, guardo más y mejores fotos de esos años en lo de Beatriz. Hoy me asaltó esta, curiosa por el hecho de estar tocando a cuatro manos jazz en ese living y en ese piano "sagrado". Celebro que lo que haya quedado de esa sesión a cuatro manos fuera una fotografía y no una grabación.

jueves, 9 de junio de 2011

Séptima foto - Versailles era una fiesta

Esa sonrisa que invade todo mi rostro es la manifestación de la jactancia que sentía al estar en uno de los lugares a los que mi cultura previa había catalogado como uno de los más hermosos e importantes de la tierra: Versailles, que es decir Francia a la enésima potencia. Me daba felicidad estar en París; francófilo hasta la médula en aquellos tiempos, deseaba ser francés con tanta fuerza que por momentos hasta me lo creía yo mismo. Si el simple hecho de pasear por las callecitas de mi quartier (Place de Clichy) me llenaba de placer y de algo parecido al orgullo, posar echado en el parque de Versailles, con mi sobretodo oscuro y al lado de una bella joven rubia, era el colmo de la satisfacción, algo cercano al éxtasis. Pero no era tan sencillo, ay, todo.

Era febrero de 1992, hacía frío y sin embargo brillaba un leve sol, casi primaveral, y no había viento. Recuerdo que nos dimos cita frente a Nôtre Dame, nada menos: nuestra pareja de amigos (en realidad conocíamos sólo a Ella de Buenos Aires, su Novio era como un apéndice molesto que veíamos por primera vez en París), Guille y yo. Una vez reunidos, los cuatro nos dirigimos a la Gare de donde salen los trenes para Versailles (que me maten si me acuerdo cuál era). El viaje es corto, se llega a un pueblo -se debe llamar Versailles- que está a una pequeña distancia del palacio, y ahí sólo resta seguir a la horda de turistas para llegar a destino. Compramos, en un almacén o kiosko del pueblo, unas madalenas Made in Spain que nos trajeron nostalgias y saciaron nuestro hambre. Fueron nuestro único alimento por unas cuantas horas. Una vez en palacio, recorrimos los salones, algo resignados, nos maravillamos con todos los lugares comunes, guía Michelin en mano, y finalmente salimos a pasear por el parque.

Si volviera algún día a Versailles no entraría al palacio: los jardines son mucho más interesantes. Los recorrimos sin apuro, mientras charlábamos de la vida. Yo vivía enamorándome, entonces. Hice todo lo posible por enamorarme de Ella, pero el hecho de que hubiera concurrido a pasear por Europa con su Novio, sumado a algunos comentarios que siempre, mágicamente, me la desdibujaban a último momento, hacían que el milagro del amor (de mi parte, al menos) no ocurriera. Yo le caía simpático; en eso radicaba mi esperanza. Tanto el paisaje como la situación me recordaban a "El año pasado en Marienbad", película que había visto hacía poco tiempo y que a su vez era como una mala lectura de "La invención de Morel". Mientras Guille parecía distraer al Novio, yo le hablaba a Ella. Pero lo mejor que pasó entre nosotros fue esa feliz fotografía. No sé si la vio, alguna vez.

En la foto estamos los dos, sonrientes, de medio cuerpo. A la izquierda, Ella, muy rubia y gruesamente abrigada. Una campera "inflable" azul le da calor, se ve que había menos de diez grados. Al cuello, una bufanda color borgoña, digamos (ya que estábamos en suelo francés). Durante mucho tiempo pensé que estaba hermosa en la fotografía. Viéndola ahora, objetivamente, no puedo decir lo mismo. Yo o creo recordar que era muy linda; pero la foto no lo demuestra con certeza. A la derecha, y un poco más adelante, estoy yo. Debe ser una de las fotos en que mejor me veo. La cabeza levemente inclinada hacia el lado de Ella, sonrío con la boca cerrada y miro descaradamente al centro de la fotografía, es decir a la lente de la cámara. El pelo corto pero con un gracioso jopo que se me forma aún y una barba incipiente; tengo puesto un sobretodo usado que compré pocos días antes en una feria callejera en Amsterdam (por diez dólares). Estamos sobre un muy verde césped invernal, el cielo es algo gris y al fondo, lejos, entre un camino de árboles raleados de hojas, se ve un palacio. Mucho más cerca, unos metros a nuestras espaldas, a la derecha, un hombre de unos treinta años, con aspecto de eslavo, camina. Más lejos y del otro lado de la foto, una pareja (la mujer vestida de un rosa rabioso) pasea por un camino.

Veo y veo la foto. No es buena, si la miramos con frialdad. Está un poco torcida y descentrada. Quizás tomada de muy cerca; el retratista debería haberse ubicado un metro más atrás. Pero durante años me pareció un objeto casi increíble, un arma para provocar celos en mis parejas, como si la foto dijera: "Mirá, tenía veinte años y estaba en Versailles, tirado en el pasto, con una piba rubia así de linda". Ahora la veo y comprendo por qué nunca sirvió para esos fines. Seguramente Ella era bonita, muy atractiva. Pero no se ve, esa belleza, en esta foto. Estaba en mi recuerdo, en mi imaginación o deseo. Yo lo proyectaba a la foto; pero quienes veían la foto no veían esa proyección, sino la pura imagen que ahora veo yo: una muchacha algo rolliza, de quien sólo se ve con claridad la cara y el cabello, y que tiene en su cara una media sonrisa, donde cabe tanto la sorpresa (¿de quién habrá sido la idea de la foto?) como el mucho frío que parece estar sintiendo. Al verla imagino o recuerdo que apenas nos la tomaron nos levantamos del césped y fuimos a caminar, o a protegernos en algún lugar menos gélido.

De Francia, en esas casi tres semanas que estuvimos, sólo conocí París, y eso incluye ese día de excursión a Versailles. Pasear con Ella y su Novio (nos vimos otra vez, antes de esta excursión) fue raro. Al Novio prácticamente no le hablaba, yo. Quizás lo viera como un estorbo, una presencia inoportuna. A los pocos días había olvidado ya su nombre, con los meses también su cara. Escribiendo estas palabras tuve que hacer un esfuerzo para recuperar algo, un atisbo de recuerdo, que me confirmara que existió. Era artista plástico o aspiraba a serlo. A esa edad todos éramos meros aspirantes a algo remoto. No éramos más que estudiantes sin un horizonte muy claro. Fuimos juntos al Centro Pompidou, lo recorrimos extasiados, antes o después tomamos un café en un McDonald's, donde cada uno contó vivencias de aquel iniciático viaje europeo. Creo que en todos (menos en Ella) se mezclaba el deseo de volver pronto a la Argentina, cuyas costumbres extrañábamos, con el de quedarnos para siempre en París (no hace falta aclarar por qué, es bastante famosa la ciudad). Digo que Ella no tenía esa dualidad: estaba de paseo y volvería sin mirar atrás. Muy lindo París, muy bien decorado todo, pero mi vida está allá, parecía decir.

Pienso que soy otro, muy distinto de aquel joven existencialista que fumaba Gauloises aunque le dieran algo de asco. Hoy mi idioma francés es diez veces superior al de entonces, pero no tengo ninguna simpatía en especial por Francia, ni siquiera por su refinada gastronomía. Nunca regresé a París, y no me disgustaría recorrerla otra vez, pero no se me va la vida en eso, ni por asomo. Hoy encuentro mucho más París en Debussy o Ravel, aún en Flaubert, que en las pocas fotos que conservo de aquel viaje. Es invierno, hace frío, afuera cae la lluvia y en mi antiguo departamento de principios de siglo revivo París viendo esta vieja fotografía, donde sonrío con obstinación y sin motivo. Merde!

Sexta foto - Equipo de fútbol

La foto retrata unos diez muchachos (más bien, niños) de entre 8 y 10 años. Están formados como un equipo de fútbol, aunque faltaría uno, si respetáramos el reglamento. Hay seis abajo, en cuclillas, y cuatro de pie. El fotógrafo los agrupó muy bien, la foto es buena realmente (lo que me lleva a pensar que la tomó Daniel). Se nota también que los niños, en su mayoría, vieron muchas fotos parecidas, porque posan de la misma manera que los jugadores profesionales (de entonces). Casi con la misma seriedad, porque el fútbol es cosa seria, pero se esboza una sonrisa en más de uno, no se sabe si por reflejo (los niños están acostumbrados a sonreír para las fotos) o porque les parece algo graciosa la situación de estar posando así. Se trata de un momento más (¿el comienzo, quizás?) del festejo de un cumpleaños mío. Como mi fiesta de cumpleaños fue similar en 1979, 1980 y 1981, no sabría decir de qué año es esta foto. Pero creo que no puede ser anterior a 1980, por nuestro aspecto, por quiénes fueron retratados (hay "nuevas" amistades en esta foto, sí) y por algunos detalles de la indumentaria que vestimos.

Antes de lanzarme a escribir esta descripción, miré detenidamente la fotografía. Pude recordar enseguida todos los nombres y apellidos. De hecho, mi primera idea fue poner los nombres completos de los nueve amigos o compañeros de escuela que me rodean. Vale aclarar que con excepción de un primo segundo, a quien vi en su casamiento hace cinco años por última vez, de los demás no tuve noticias en las últimas dos décadas, sin exagerar. Hay alguno a quien no veo desde 1983, lo puedo aseverar con exactitud. Por eso me gustaba la idea de darles entidad nombrándolos por completo, con sus nombres y apellidos. Sonaba bien la formación, además. Pero eso me llevó de inmediato a intentar rastrearlos en Facebook. Muy mala (además de obvia) idea. Todos ellos, salvo uno, tienen su perfil en FB. Por lo general, salvo uno o dos casos, tienen pocos amigos. Sus caras, que no veía hace muchos años, son como las caricaturas de las que veo en las fotos de ese cumpleaños a principios de los '80. Pienso que la mía también, si ellos me vieran. No podría reconocer a ninguno de ellos por la calle. Eso me lleva a pensar cuántas veces habrá ocurrido (el cruzármelos en un banco, una fiesta o un supermercado y no distinguirlos de otros desconocidos). No tuve deseos de comunicarme con ninguno de ellos. Un pensamiento lleva al siguiente: mejor no nombrarlos entonces. Tarde o temprano darían con este blog, "googleando" sus nombres (¿hay alguien que no lo haya hecho alguna vez?). Y entonces, ¿qué ocurriría? No lo sé, pero mejor no averiguarlo.

Es muy posible que el lugar elegido para el festejo haya sido ese bosque que hay en Palermo, cerca de los piletones de depuración o tratamiento de aguas de Obras Sanitarias que dan al río. Porque en 1981 fuimos exactamente ahí, cerca de una laguna con peces y patos. Casi en el límite entre el Parque Tres de Febrero y el Bajo Belgrano, cerca de Excursionistas (lo sé ahora). Otro lugar posible es el Club de la Armada, al que íbamos porque existía un convenio con la obra social de los docentes. Era un hermoso club, y yo por supuesto era un niño feliz que ignoraba todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Iba sin culpas (cosa que no ocurría con mi madre). En todo caso el paisaje es el mismo, un verde césped, corto, verde y algo húmedo, al fondo una variedad de árboles (estamos en plena primavera, a mediados de octubre) y ocupando todo al ancho de la foto (esta copia tiene bordes redondeados) el heterogéneo equipo de fútbol. En realidad jugamos cinco contra cinco, se entiende.

De pie, de izquierda a derecha, se encuentran: Javier, un primo lejano, con camiseta blanca (de ningún equipo) y un short que hace honor a su nombre y le queda algo corto. Agrego que mira distraído hacia un lugar afuera de la foto; a su lado, Mariano, un primo más lejano aún, con buzo de arquero amarillo con vivos negros y los infaltables guantes. Mariano mira serio a la cámara. Creo que Javier y Mariano también eran primos entre sí, algo menos lejanos. Siempre me cayó bien Mariano, aunque hablábamos poco. Creo que ahora es guitarrista profesional, de tango. Pero no sé si es la misma persona (en realidad eso se podría decir de todas las personas). Siguiendo con los que están de pie, vemos a Andrés, pésimo futbolista, con una remera absolutamente antideportiva, con dibujos de veleros. Al lado vemos a Máximo, algo gordo, morocho, con el pelo revuelto, cachetes y vestido con la casaca de River Plate y un pantaloncito blanco con vivos rojos. Volveré sobre su atuendo. Antes quisiera decir que en esos años Andrés y Máximo eran mis mejores amigos de la escuela. Compartíamos todos los días, de lunes a viernes, jornada completa con almuerzo incluido y luego íbamos a la plaza a jugar hasta que caía el sol. Muchas veces tomábamos la leche juntos, y después hacíamos la tarea. Andrés era más intelectual; Máximo pasional y amante de la música, sobre todo rock nacional, que en esos años incluía a músicos como Piero (yo escuchaba otras cosas, entonces). Donde se me confunde todo es en que recuerdo que Máximo se había hecho fanático de Argentinos Juniors con el auge de Maradona (años '79 y '80); por lo que su aparición en esta foto con la ropa de River parece confirmar mi tesis de que el pasado no es algo fijo e invariable, sino que va mutando caprichosamente. Porque no puedo desconfiar de ese tipo de memoria. ¿Qué sentido tendría que durante treinta años recordara su fanatismo por el Bicho Colorado, si fuera información falsa? Quizás River fuera un mandato familiar y el papá lo obligara a ir a jugar con esa camiseta. Misterio, aunque no pienso ubicarlo para preguntarle de qué cuadro era en 1981.

Pasemos a los que están abajo. De izquierda a derecha: Andrés, muy amigo entonces, sonríe algo apartado de los demás, con ambas manos apoyadas en el césped. Lleva camiseta de River. El padre de Andrés era dueño de una librería en Barrio Norte. Esto hacía que tuviera, en su habitación, la colección completa de Astérix (que yo también llegué a tener) y la más envidiada de Lucky Luke. También era el único amigo que tenía la añeja Atari, que ahora parece de la Edad de Bronce. A su lado, mi amigo del alma, Guido, vestido de arquero, guantes incluidos. Ni Andrés ni Guido iban conmigo a la escuela, por lo que no los veía con tanta frecuencia, pero íbamos juntos al cine (¡solos!), y pasábamos muchos fines de semana en compañía (nunca los tres juntos; Andrés y Guido apenas se conocían y se recelaban un poco mutuamente, ya que Guido era más "viejo" como amigo). Ahí están, en esta foto, uno al lado del otro. No sé qué fue de sus vidas. Al lado de Guido, y casi en el medio de la fotografía, me encuentro yo, ataviado con el conjunto completo de la Selección Argentina. El conjunto completo quiere decir: la casaca con el escudo de la AFA comprado aparte y cosido a mano por mi mamá, unas medias de algodón blancas y un short negro. Mi mano derecha sujeta una pelota Printier número cinco, blanca, reluciente, que fue el regalo de ese cumpleaños. Era el balón oficial de los torneos argentinos. Como era de cuero, había que pasarle grasa cruda de vaca (cortada de un bife) para mantenerla en buenas condiciones. Un asco, pero lo hacía cada vez que la iba a usar. Fue mi primera "número cinco", todo un orgullo. Yo estoy mirando muy serio a la cámara, como si estuviera por jugar la final contra Holanda (rival predilecto de esos años). Mi cabello es como un casco de motociclista, y todavía se ve algo rubio. A mi lado, con una sonrisa canchera, posa Daniel, compañero de grado (y nada más). Petizo y escurridizo, era el que mejor jugaba al fútbol, lejos. Todos lo queríamos en nuestro equipo. Tramposo, competitivo y peleador, yo no lo tragaba. Lo único que me unía a él es que era hincha de Boca, en un grado con pocos colegas boquenses. Pero a los nueve años ya existe la hipocresía, y en la foto sonríe a mi lado mientras también sujeta la pelota con su mano derecha, el brazo estirado. Tiene la rodilla derecha en tierra y la izquierda flexionada, su brazo izquierdo descansa sobre la rodilla izquierda. Es decir que, curiosamente, está muy relajado. Es un niño feliz. Casi escondido entre Daniel y el último de la fila, está mi primo Martín. Otro más vestido de River (lo sé porque vi otras fotos, en esta tiene el pecho tapado, y apenas asoma su cabeza. Es parecido a mí, podría decirse que es muy parecido en esta foto. El mismo pelo y muchos rasgos en común, pero tres años menor. Es el más pequeño de la foto. A su lado, otro de River, Laureano, compañero de grado. Tiene hasta medias de River. Recuerdo que vivía en una casa muy vieja, cerca de la escuela, y que tenía siete hermanos. Los padres eran italianos o eso pensaba yo, y en mi recuerdo era una familia pobre, pero no sé si habrá sido así realmente. No sé qué era "pobre" para mí, en aquel entonces. Sí recuerdo que Laureano (quien había nacido en la Argentina) tenía un acento raro, como napolitano. Y dibujaba maravillosamente bien. Más bien, copiaba como los dioses, lo que era visto en la primaria como una habilidad muy envidiable. Recuerdo de las pocas veces que fui a su casa, que en su habitación (que compartía con dos o tres hermanos) había hecho dibujos en las paredes. A mí me hubieran fajado por algo así, pero se ve que a Laureano lo alentaban, porque veo en su perfil de Facebook que se dedicó al arte, a la escultura. Es el único cuya cara prácticamente no cambió. Yo lo apreciaba mucho, aunque no lo comprendía del todo. Uno no tiene a veces tiempo para ser amigo de todos; por afinidades (cuando no por sugerencias de los padres) va entablando relación con unos más que con otros, y cuando se quiere dar cuenta ya tiene a sus Mejores Amigos. Y Laureano y yo no fuimos más que compañeros de grado. Quizás sea el único de todos los que aparecen en esta foto con quien podría tener una charla interesante en estos días.

Recuerdo de ese cumpleaños que fue casi la única vez en que jugué en el equipo de Daniel. Puedo conjeturar, además, que si había cuatro niños con camisetas de River, ellos más un arquero fueron un equipo y todos los demás, más otro arquero, el otro. La ropa de arquero no significaba que esos chicos no fueran luego jugadores de campo: nadie quería ir toda la tarde al arco. Hay otras fotos de esa misma tarde, donde tomamos Coca-Cola (riguroso envase de litro, de vidrio), comemos sanguchitos de miga y torta de cumpleaños, y aparece una niña, Carmen, que mientras los varones jugábamos al fútbol se dedicó a jugar al voley con mi madre y la madre de Guido. También nos miraba jugar y nos alentaba. Pobre, qué tarde aburrida pasó. No encuentro ahora fotos de mi hermano Ale entre estas del cumpleaños, pero estoy seguro que había nacido, ya.

Esta foto, más que otras, me lleva inevitablemente al ubi sunt? Pero no describí aquí glorias, ni añoro palacios, o príncipes, ni siquiera la remota belleza de la juventud. Simplemente evoqué a diez muchachos a los que la vida agrupó en esa foto en 1980 u 81 y luego se ocupó de disgregar, primero por la ciudad, luego por el mundo. No extraño mi infancia; mentiría si dijera que entonces era más feliz que ahora. Pero asisto, perplejo, a las transformaciones que el paso del tiempo operó en todos nosotros y no puedo menos que maravillarme horrorizándome: un vulgar oxímoron es la figura literaria que mejor le calza a la sensación que deja en mi interior la contemplación de esta foto.