Como expliqué hace unas fotografías, mudanzas familiares casi simultáneas hicieron que apareciera un número abundante de fotos viejas. Inmersa en esos trámites que nos vuelven tan proclives a la melancolía, mi madre me dio un pequeño álbum de esos que se entregaban con las fotos ampliadas en las casas de fotografía, con varias fotos en su interior, en las que estoy yo. Las fotos las ordenó de cualquier manera, abarcan desde mis cuatro hasta mis treinta y seis años, y me hicieron reflexionar bastante. Por ejemplo, noté qué diferente a mí mismo que he logrado ser en algunas fotografías que me tomaron en la adolescencia. Hay varias tomas notables. Pero, como siempre, la que parecía más anodina fue la que más me hizo pensar.
Es una foto color tomada por alguien en el invierno de 1993, pero no lo podría afirmar con precisión. Le falta luz, por lo que se ve con un tinte amarronado que la debería haber alejado de cualquier álbum. Pienso que su valor es documental. Sentados al piano Steinway de Beatriz (nuestra profesora particular de piano) estamos Gustavo y yo. Él se encuentra a la izquierda del piano (las notas más graves) y yo a la derecha. Estamos tocando. Recuerdo vagamente la situación y mi repertorio de standards de esos años (son los mismos que ahora, tema más, tema menos). Con repertorio quiero decir: aquellas piezas que podía tocar de memoria, sin el Real Book (o sus múltiples fotocopias) a mano. Entre 7 y 9 standards: All of Me, Stella by Starlight, Now's the Time, Take the "A" Train, Out of Nowhere, Bye Bye Blues, The Days of Wine and Roses, Something like Bags, Someday my Prince will come, Whisper not y alguno más. Ninguno lo tocaba bien, aclaro. Además, pequeña trampa, en varios de esos temas tenía ya "escritos" (en mi cabeza) ingeniosos solos que colaba en medio de la improvisación, citando a otros temas, muchas veces tangos muy conocidos. Este recurso lo debía emplear siempre con cuidado. Dicho cuidado se refería, específicamente, a prestar atención al público: hubiera sido un papelón que alguien descubriera el truco por haberlo escuchado más de una vez. Yo soltaba, por ejemplo, en medio de la improvisación de The Days... la melodía del tango Uno. Durante varios compases la cosa funciona bastante bien, pueden probarlo en el teclado. Vuelvo a la fotografía. Tanto Gustavo (un año mayor o un año menor que yo, no lo recuerdo) como yo estamos con poleras azules de algodón. Yo tengo el pelo corto, Gustavo también. A la izquierda del piano se ve una escultura pequeña, reproducción de un Rodin, creo, que sirve de base a una elegante lámpara. La tapa del piano ha sido levantada, y en el otro extremo, asomando como un triángulo que tapa uno de mis dedos, se ve, apoyada sobre el piano, una partitura de tapa verde, de Ricordi, que reconozco de inmediato: es el Children's Corner de Debussy. A la izquierda de Gustavo hay alguien de pie que nos está observando. Se ven sólo sus piernas y un pedazo de la mano izquierda que entra en el bolsillo del pantalón. Debe ser otro pianista.
A fines de 1991 empecé a estudiar piano con Beatriz. No abundaré mucho en esto, sólo quiero darle un marco a la foto. Éramos unos 12 alumnos de entre 15 y 30 años, digamos, que cada tanto (no recuerdo si cada tres o cuatro meses) nos reuníamos en su amplio living para una Audición. Las Audiciones en lo de Beatriz eran eventos parecidos a un concierto pero con fines didácticos. Venían algunos padres, novios o novias, amigos, que tenían que soportar a todo el alumnado tocando sus piezas. Como suele ocurrir, comenzaban los novatos y cerraban los que ya tocaban obras difíciles. Esto era relativo, no había un orden estricto, pero por lo general lo mejorcito se escuchaba al caer la tarde. No había un clima de competencia (o era muy leve) sino de camaradería, casi de hermandad. El hecho de vernos continuamente iba forjando relaciones de amistad o hasta de noviazgo entre los alumnos y alumnas, y todos esperábamos con ganas las Audiciones. Además, a veces venían conocidos o amigas de Beatriz que pertenecían al mundo de la música y al finalizar la seguidilla de obras podían opinar sobre lo que habían escuchado. Todo terminaba con un largo brindis con té, café, bebidas varias, sanguchitos de miga y repostería cara y deliciosa que aportábamos entre todos. Era una tarde entera que se prolongaba hasta el comienzo de la noche. Como todos, comencé tocando algo muy sencillo (porque Beatriz me hizo aprender a tocar el piano desde cero: con mucha sabiduría me obligó a olvidarme de mi manera de tocar hasta el momento en que la conocí) y en los últimos años ya tocaba sonatas de Beethoven enteras, o cosas de Chopin o Brahms de las "algo difíciles".
Sé que la foto debe ser del 93 porque Gustavo no coexistió conmigo, como alumno de Beatriz, mucho tiempo. Después lo seguí viendo en el Conservatorio. Era (es, todavía, sospecho) un buen pianista de jazz. Muy bueno, de lo más impresionante. Un fanático y buen conocedor, por otra parte. Yo, a su lado, era impresentable. Pero era generoso, tolerante, y le gustaba tocar con otros: esa es la única explicación para esta fotografía. Creo que arremetimos con Now's the Time o Stella... Fue después de los sanguchitos y el brindis, cuando ya sólo quedábamos los alumnos, Beatriz, y algunos novios celosos (del piano, más que nada). Nos habremos limpiado las manos y empezado a tocar, luego de lo cual, habrá terminado todo.
¿Y qué quedó del pianista? No puedo asegurarlo, pero creo que aún en aquellos años, cuando casi toda mi vida se reducía a estudiar el instrumento, sabía que no tenía un futuro como pianista profesional. Tocaba y tocaba porque necesitaba tener un instrumento, lo que quiere decir exactamente eso: ganar una herramienta para poder trabajar en el ámbito musical, ya sea como director, compositor, musicólogo o pedagogo. Lo preocupante es que ninguna de esas actividades me parecían interesantes. En mis fantasías yo progresaba con el piano y finalmente me destacaba como concertista, pero sabía muy bien que en la vida real eso sería imposible, por más que estudiara como un animal. Continuamente me entretenía (de manera algo masoquista, puede ser) calculando cuántos pianistas mejores que yo habría en Buenos Aires, luego en la Argentina, luego en el mundo. Eran muchísimos. Entrar al Conservatorio y comenzar a cursar me convenció de lo absurdo del proyecto. Como siempre, Beatriz lo tenía claro desde el comienzo, y sin castrar mis deseos de ser instrumentista, me fue llevando casi imperceptiblemente hacia la dirección coral. El tiempo le dio la razón. Estudié con ella hasta 1997, cuando terminé el ciclo de piano en el Conservatorio Nacional. Fueron menos de seis años, pero en ese tiempo fue la persona a la que más tiempo vi, creo. La veía más que a mi madre, seguramente. En épocas de exámenes podía verla tres veces por semana o más, a veces eran veinte minutos para mostrarle una obra, o un fragmento difícil de una obra. Esa relación alumno-maestro se da ninguna o escasas veces en la vida. Tuve la enorme fortuna de que me tocara Beatriz, quien me enseñó mucho más que el piano. Gran parte de lo que soy como intérprete lo aprendí con ella; desde cosas casi técnicas como las dinámicas, hasta lo que se podría llamar una ética de la interpretación musical y del estudio de la obra. Tan profundo fue el aprendizaje, en ese sentido, que la parte mecánica de mover los deditos me parece, ahora, una nimiedad (aunque sé que no es así y que Beatriz se enojaría si leyera estas líneas).
Recuerdo muchas charlas con Beatriz, en su cocina, café de por medio. Cuando le preguntaba a uno si quería tomar un cafecito era porque había que hablar. Hablar del futuro de uno como músico, de la carrera, de proyectos o de la vida. Muchas veces las charlas derivaban hacia cualquier lado, como debe ser entre personas que se interesan por muchas cosas diversas. Lecturas, películas, conciertos, chismes, todo entraba en esas charlas que más de una vez reemplazaron una clase. En esos años me parecía perfectamente normal el hecho de charlar con ella, café de por medio. Ahora pienso que era un ejercicio de una enorme humildad y sabiduría de su parte; pienso que yo aún estaba saliendo de la adolescencia y me imagino las pavadas que le diría con total desparpajo. Era parte del aprendizaje, entonces yo lo intuía y recién ahora, reflexionando, lo veo con claridad.
En esos mismos años, casi finalizando mis estudios de piano con Beatriz, debe ser que leí a Felisberto Hernández. Mi novia me regaló los tres tomos de sus Obras Completas editados por el Fondo de Cultura Económica de México, y me los tragué enseguida. Allí recuerda en un hermoso libro su época de estudiante de piano (Por los tiempos de Clemente Colling, se llama ese librito, que mezcla recuerdos con fantasía). Al leerlo no entendía el por qué de la obsesión de Felisberto por la memoria, por recordarlo todo. Ahora descubro que estoy haciendo un ejercicio similar al suyo (la diferencia es que el llegó a ser un pianista relativamente exitoso, salió de gira por el Uruguay y vivió del piano).
Por ahí, perdidas entre otras, guardo más y mejores fotos de esos años en lo de Beatriz. Hoy me asaltó esta, curiosa por el hecho de estar tocando a cuatro manos jazz en ese living y en ese piano "sagrado". Celebro que lo que haya quedado de esa sesión a cuatro manos fuera una fotografía y no una grabación.
