Esta foto no es tan vieja. En realidad, hago trampa; es de hoy, domingo 28 de septiembre de 2014. Estamos en el Centro Cultural del Hospital Borda, escuchando a un pianista que es el orgullo local. A lo largo de unos quince minutos toca algo de Mozart, Chopin, un preludio de Debussy y ahora está por interpretar una sonata de Alban Berg. Antes de cada pieza, explica con sencillez y precisión didáctica qué es lo que va a tocar, y va trazando un recorrido que nos lleva de Mozart a Berg con total naturalidad. Todo lo que dice tiene fundamento, y veo con otra luz, con una mirada más pianística, lo que estoy oyendo.
El público no es el habitual en una sala de concierto: está compuesto por internos del hospital (¿pacientes?), colaboradores del centro cultural, algunos pocos familiares, mi coro y yo. Algunos fuman y es muy posible que sean internos. Pero salvo en los casos más patéticos, como aquellos algo espásticos o con claros problemas, se hace muy difícil diferenciar a profesionales de la salud de enfermos. Nosotros asistimos, algo hipnotizados por el pianista, por un lado, y como abstraídos frente a la pantalla del cine, por el otro, a lo irreal de la situación.
La sala de lo que llaman centro cultural es un viejo taller decorado por cientos de dibujos, pinturas multicolores, pequeñas y grandes esculturas. El resultado es un collage algo absurdo, de muchas formas y colores, con algunas frases escritas en carteles o en las paredes mismas del lugar. Curiosamente ante tanto encierro, la sensación adentro (por lo menos es lo que yo siento allí) es de una gran libertad.
¿Cómo llegamos? Hace unas semanas una cantante del coro, que frecuenta el lugar como parte de su formación, propuso que viniéramos a cantar al Borda. Y, sin pensarlo demasiado, movidos por el impulso, aquí estamos. Es un coro de jóvenes, en un lugar donde no abundan los jóvenes. Debíamos cantar a las 16.30, pero nos demoramos vocalizando y practicando en el primer piso, y puntualmente el pianista decidió comenzar, ante nuestra ausencia (llegamos a la sala donde debíamos cantar tres minutos tarde). Así que, en silencio, nos sentamos en las sillas mientras Martín (así se llama) toca un movimiento de sonata de Mozart.
Pese a que se trata de un piano electrónico, la profundidad de la interpretación, la perfecta digitación, nos maravilla a todos. Ese pianista podría estar tocando en cualquier sala de conciertos del mundo. Pero está ahí, en su hogar, en el loquero. Sin embargo, tanta belleza, tanto arte, es incomprendido por algunos... Curiosamente, la locura no está en los "internos", sino en una suerte de ayudantes (¿serán enfermeras, voluntarias, familiares?) que pasan, mientras Martín toca delicadamente un preludio de Debussy, repartiendo, en una suerte de irrespetuoso happening fellinesco, helados de crema de frutilla. El coro, en pleno, rechaza el convite. Pero los locos rasgan, todos al unísono, los papeles que envuelven a los helados en palito, con el consecuente estrépito. ¿Dónde anida la locura? Otra vez siento que es absolutamente arbitrario que unos estén internados allí y otros lleven uniforme de enfermeros.
Nunca antes había entrado al Borda. Tiene algo de fábrica o de complejo fabril de los años '50, algo de central atómica, algo de cuartel, algo de hospital, algo de monoblock socialista, algo de escuela, algo de club de campo y mucho de pesadilla, pero una pesadilla algo dulce, con el canto de cientos de pájaros, paseos arbolados y mucho verde. Es la primera vez que paseo por estos caminos desolados y sin embargo siento una familiaridad. No sé por qué, en mi cabeza suenan, al llegar y al irme, canciones de Pescado 2, el disco doble de Pescado Rabioso, grupo que siempre relacioné con la locura, la violencia, lo irracional y los tempranos años '70, que fueron también los de mi primera infancia (el grupo existió durante menos de dos años, entre fines del '71 y comienzos del '73, es decir, y lamento lo autorreferencial, entre mi nacimiento y la separación de mis padres). Lo irracional, la enfermedad de la mente, aquí no tiene nada de pintoresco o de divertido. Es sufrimiento puro, y no puedo dejar de pensar en que este lugar sirve para recordarme lo horrible que puede llegar a ser la vida en este planeta.
Cuando Martín termina la sonata de Alban Berg es nuestro turno. Cantamos nuestro repertorio sin mucha brillantez, pero somos aplaudidos de todas formas. Luego de los saludos de rigor, converso unos pocos minutos con el pianista. Le pregunto cómo hace para estudiar, me cuenta que tiene un piano de verdad en otro pabellón, que lo están por venir a afinar. Me explica que también es compositor, algo que ya sabía. Le dejo mi tarjeta y le pido que si tiene algo escrito para coro me lo envíe. Luego me voy, solo, afuera ya salió el sol (cuando llegué había una suave llovizna). Vuelvo caminando hacia el auto entre los horrendos edificios. Personal diverso (cocineros, enfermeros, ordenanzas) conversan al aire libre.
Los pájaros cantan en las ramas de los antiguos árboles. Parecen una multitud. Todo el sinsentido del mundo se me revela, en esa breve caminata, con la única música de las aves sobre el recuerdo de Dowland, Lassus, Mozart, Mendelssohn, Chopin, Berg, Lennon y McCartney.
Si fumara, sería el momento de prender un cigarrillo, cerrar los ojos y darle para adelante. Pero ya no tengo veinte años, y el mundo no es tan liviano como entonces. Así que vuelvo a casa con el lastre de esta tarde tan densa y reveladora.
Me acompañan en la caminata Gogol, Van Gogh, Rasputín, Artaud, Freud, Foucault, Vallejo-Nágera, Klaus Kinski, Gatti y Abreu.
Fotos viejas
Por definición, todas las fotos son viejas. Partiendo de fotografías (que rara vez podrán verse) intentaré reconstruir mundos, contextos, o tal vez inventarlos. Como el blog también está pasando a ser algo perimido, me parece el vehículo ideal para esta búsqueda que no pretende ser más que un pasatiempo o hobby.
jueves, 2 de octubre de 2014
viernes, 14 de octubre de 2011
Novena foto - Autos en una estación de tren
En el verano de 1983 las vacaciones familiares fueron en el mes de febrero. Por primera vez fuimos lejos del mar y de los lagos: el destino elegido fue San Esteban, cerca de Capilla del Monte, casi donde termina el valle de Punilla, en Córdoba. Se alquiló una casa con un jardín grande, con rosales y árboles varios. Recuerdo de esas vacaciones una sensación general de aburrimiento: tenía once años recién cumplidos y no encontré en todo el pueblo compañeros de juegos de mi edad. Fueron cuatro semanas eternas de las que tengo muchísimos recuerdos. No sólo pasaron muchas cosas, sino que además tuvimos la visita de nuestros abuelos maternos, quizás porque acababa de nacer Andrés, mi hermano menor.
En esas vacaciones tiré por primera y última vez con arco. Apuntábamos a unas cajas de cartón que pendían de la rama de algún árbol. Perdimos todas las flechas. Espero no haber herido a nadie, aunque es tarde para pedir perdón. Las flechas (se compraban de a una, eran caras y a mí me parecían enormes y hermosas) las vendían en la Proveeduría Deportiva de la Av. Callao, en Buenos Aires. También durante esas vacaciones aprendí nuevamente a andar en bicicleta. Dicen que es algo que no se puede olvidar: "es como andar en bicicleta". Pero yo me había olvidado. La última vez que había subido a una, a mis cinco años, había caído y me había lastimado la nariz y una rodilla. Nunca más. Y era un motivo de vergüenza para mí, ser tan grande y no saber andar. Así que, aprovechando las cuestas de San Esteban, en pocos días estaba nuevamente en bicicleta. Un motivo de gran felicidad. Otro recuerdo inservible: un domingo en la revista de Clarín hubo una nota sobre cuatro seguros precandidatos a la presidencia: Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Antonio Cafiero e Ítalo Luder. El título era "Uno de estos cuatro hombres será el próximo presidente de los argentinos". Me parecía muy gracioso que ninguno fuera militar, yo sabía que los presidentes provenían de alguna de las tres fuerzas. Recuerdo que me cayeron simpáticos Alfonsín y Cafiero, y también que me parecía inverosímil que se llegara a votar en la Argentina. No sé por qué recuerdo tanto ese artículo, quizás lo leí muchas veces, como pasa a veces con esas revistas que se resisten a terminar siendo combustible para prender el fuego y dan vueltas por toda la casa durante días.
En esas vacaciones tiré por primera y última vez con arco. Apuntábamos a unas cajas de cartón que pendían de la rama de algún árbol. Perdimos todas las flechas. Espero no haber herido a nadie, aunque es tarde para pedir perdón. Las flechas (se compraban de a una, eran caras y a mí me parecían enormes y hermosas) las vendían en la Proveeduría Deportiva de la Av. Callao, en Buenos Aires. También durante esas vacaciones aprendí nuevamente a andar en bicicleta. Dicen que es algo que no se puede olvidar: "es como andar en bicicleta". Pero yo me había olvidado. La última vez que había subido a una, a mis cinco años, había caído y me había lastimado la nariz y una rodilla. Nunca más. Y era un motivo de vergüenza para mí, ser tan grande y no saber andar. Así que, aprovechando las cuestas de San Esteban, en pocos días estaba nuevamente en bicicleta. Un motivo de gran felicidad. Otro recuerdo inservible: un domingo en la revista de Clarín hubo una nota sobre cuatro seguros precandidatos a la presidencia: Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Antonio Cafiero e Ítalo Luder. El título era "Uno de estos cuatro hombres será el próximo presidente de los argentinos". Me parecía muy gracioso que ninguno fuera militar, yo sabía que los presidentes provenían de alguna de las tres fuerzas. Recuerdo que me cayeron simpáticos Alfonsín y Cafiero, y también que me parecía inverosímil que se llegara a votar en la Argentina. No sé por qué recuerdo tanto ese artículo, quizás lo leí muchas veces, como pasa a veces con esas revistas que se resisten a terminar siendo combustible para prender el fuego y dan vueltas por toda la casa durante días.
Nuestras vacaciones eran, casi siempre, en el Sur. Allí se pescaba trucha. Durante "el año" (eso que ocurre de marzo a diciembre) hacíamos no menos de tres o cuatro escapadas de fin de semana largo a Mar del Plata, o a veces a alguna laguna o río más cercano. A pescar. Y si no, las vacaciones podían ser en algún otro lugar con mar. Y cañas. La pesca deportiva era una actividad familiar fundamental: a los siete años ya sabía limpiar los pescados y, pese a todos mis miedos infantiles, tenía mi propio cuchillo para limpiar los pejerreyes y corvinas que sacábamos en nuestras excursiones. Así que a Córdoba llevamos el equipo de pesca. Infructuosamente pasamos toda una tarde en una hermosa laguna rodeada de sierras, en la que nos dijeron que habían sembrado truchas. Alucinábamos las truchas, como el adicto con síndrome de abstinencia. No picó ninguna, ni siquiera vimos rastros de peces en esas quietas aguas. Volvimos todos de noche, con mi abuelo cantando "Luna, lunera..." en el auto. Seguramente fuimos con los dos autos, nuestro Fairlane LTD y el Taunus de mis abuelos.
Otra actividad que desarrollé en mi infancia fue la fotografía. Sacar fotos (blanco y negro, claro), revelarlas y después ampliarlas en el laboratorio. A San Esteban fui con mi cámara, una Beier Beirette con la lente ya algo dañada en ese 1983, y que seguí usando casi diez años más... Una porquería de máquina, pero a la que yo quería mucho. Había sido de mi abuelo, antes. Le cargué un rollo blanco y negro y casi me olvidé de que la tenía.
Un día lluvioso en el que estaba aburrido (como muchos días de aquel verano ahora inolvidable) salí a caminar, solo, por San Esteban. Si el pueblo parecía abandonado los días de sol, en esa tarde de lluvia parecía un pueblo fantasma. No había nadie en ningún lado. Caminé hasta llegar a a estación de tren, abandonada. Hacía años que los trenes no pasaban, o no paraban por lo menos. Entre las vías crecía el pasto y, para mi sorpresa, sobre el andén había autos estacionados. Se ve que los habitantes usaban el lugar como garage, lo cual no era tan mala idea: el techo protegía del sol y de la lluvia. Los autos no estaban abandonados, eran modelos relativamente nuevos y se notaba que estaban en buen estado. Con la tarde gris y lluviosa, me pareció muy poético todo (con el sentido de lo poético que puede tener uno a los once años), por lo que comencé a disparar con la cámara. Había buena luz (o eso creí), por lo que debo haber tomado no menos de diez fotos. Recién podría verlas unas semanas después, con suerte. En realidad las revelé mucho después, y eso puede haber afectado la película, porque cuando finalmente las vi, ampliadas, no valían gran cosa. Faltaba exposición, yo había calculado mal la luz, o vaya a saber qué. Pero no eran tan poéticas como en mi recuerdo. Sin embargo, allí están, esos seis autos que en mi memoria eran el doble, a resguardo de la módica lluvia cordobesa de febrero.
La sensación poética (o como se llame ese sentimiento) es más fuerte que el hecho "real" que la despertó. De todos los recuerdos de ese verano en San Esteban, el más fuerte es el de esos autos (Renault 12, Renault 4, Dodge 1500, Ford Taunus, etc) bajo el techo del andén de la estación, con el cartel que dice "San Esteban" en el fondo, en letras blancas sobre fondo negro, como esperando un tren que nunca va a llegar.
Un día lluvioso en el que estaba aburrido (como muchos días de aquel verano ahora inolvidable) salí a caminar, solo, por San Esteban. Si el pueblo parecía abandonado los días de sol, en esa tarde de lluvia parecía un pueblo fantasma. No había nadie en ningún lado. Caminé hasta llegar a a estación de tren, abandonada. Hacía años que los trenes no pasaban, o no paraban por lo menos. Entre las vías crecía el pasto y, para mi sorpresa, sobre el andén había autos estacionados. Se ve que los habitantes usaban el lugar como garage, lo cual no era tan mala idea: el techo protegía del sol y de la lluvia. Los autos no estaban abandonados, eran modelos relativamente nuevos y se notaba que estaban en buen estado. Con la tarde gris y lluviosa, me pareció muy poético todo (con el sentido de lo poético que puede tener uno a los once años), por lo que comencé a disparar con la cámara. Había buena luz (o eso creí), por lo que debo haber tomado no menos de diez fotos. Recién podría verlas unas semanas después, con suerte. En realidad las revelé mucho después, y eso puede haber afectado la película, porque cuando finalmente las vi, ampliadas, no valían gran cosa. Faltaba exposición, yo había calculado mal la luz, o vaya a saber qué. Pero no eran tan poéticas como en mi recuerdo. Sin embargo, allí están, esos seis autos que en mi memoria eran el doble, a resguardo de la módica lluvia cordobesa de febrero.
La sensación poética (o como se llame ese sentimiento) es más fuerte que el hecho "real" que la despertó. De todos los recuerdos de ese verano en San Esteban, el más fuerte es el de esos autos (Renault 12, Renault 4, Dodge 1500, Ford Taunus, etc) bajo el techo del andén de la estación, con el cartel que dice "San Esteban" en el fondo, en letras blancas sobre fondo negro, como esperando un tren que nunca va a llegar.
sábado, 25 de junio de 2011
Octava foto - Jazz en lo de Beatriz
Como expliqué hace unas fotografías, mudanzas familiares casi simultáneas hicieron que apareciera un número abundante de fotos viejas. Inmersa en esos trámites que nos vuelven tan proclives a la melancolía, mi madre me dio un pequeño álbum de esos que se entregaban con las fotos ampliadas en las casas de fotografía, con varias fotos en su interior, en las que estoy yo. Las fotos las ordenó de cualquier manera, abarcan desde mis cuatro hasta mis treinta y seis años, y me hicieron reflexionar bastante. Por ejemplo, noté qué diferente a mí mismo que he logrado ser en algunas fotografías que me tomaron en la adolescencia. Hay varias tomas notables. Pero, como siempre, la que parecía más anodina fue la que más me hizo pensar.
Es una foto color tomada por alguien en el invierno de 1993, pero no lo podría afirmar con precisión. Le falta luz, por lo que se ve con un tinte amarronado que la debería haber alejado de cualquier álbum. Pienso que su valor es documental. Sentados al piano Steinway de Beatriz (nuestra profesora particular de piano) estamos Gustavo y yo. Él se encuentra a la izquierda del piano (las notas más graves) y yo a la derecha. Estamos tocando. Recuerdo vagamente la situación y mi repertorio de standards de esos años (son los mismos que ahora, tema más, tema menos). Con repertorio quiero decir: aquellas piezas que podía tocar de memoria, sin el Real Book (o sus múltiples fotocopias) a mano. Entre 7 y 9 standards: All of Me, Stella by Starlight, Now's the Time, Take the "A" Train, Out of Nowhere, Bye Bye Blues, The Days of Wine and Roses, Something like Bags, Someday my Prince will come, Whisper not y alguno más. Ninguno lo tocaba bien, aclaro. Además, pequeña trampa, en varios de esos temas tenía ya "escritos" (en mi cabeza) ingeniosos solos que colaba en medio de la improvisación, citando a otros temas, muchas veces tangos muy conocidos. Este recurso lo debía emplear siempre con cuidado. Dicho cuidado se refería, específicamente, a prestar atención al público: hubiera sido un papelón que alguien descubriera el truco por haberlo escuchado más de una vez. Yo soltaba, por ejemplo, en medio de la improvisación de The Days... la melodía del tango Uno. Durante varios compases la cosa funciona bastante bien, pueden probarlo en el teclado. Vuelvo a la fotografía. Tanto Gustavo (un año mayor o un año menor que yo, no lo recuerdo) como yo estamos con poleras azules de algodón. Yo tengo el pelo corto, Gustavo también. A la izquierda del piano se ve una escultura pequeña, reproducción de un Rodin, creo, que sirve de base a una elegante lámpara. La tapa del piano ha sido levantada, y en el otro extremo, asomando como un triángulo que tapa uno de mis dedos, se ve, apoyada sobre el piano, una partitura de tapa verde, de Ricordi, que reconozco de inmediato: es el Children's Corner de Debussy. A la izquierda de Gustavo hay alguien de pie que nos está observando. Se ven sólo sus piernas y un pedazo de la mano izquierda que entra en el bolsillo del pantalón. Debe ser otro pianista.
A fines de 1991 empecé a estudiar piano con Beatriz. No abundaré mucho en esto, sólo quiero darle un marco a la foto. Éramos unos 12 alumnos de entre 15 y 30 años, digamos, que cada tanto (no recuerdo si cada tres o cuatro meses) nos reuníamos en su amplio living para una Audición. Las Audiciones en lo de Beatriz eran eventos parecidos a un concierto pero con fines didácticos. Venían algunos padres, novios o novias, amigos, que tenían que soportar a todo el alumnado tocando sus piezas. Como suele ocurrir, comenzaban los novatos y cerraban los que ya tocaban obras difíciles. Esto era relativo, no había un orden estricto, pero por lo general lo mejorcito se escuchaba al caer la tarde. No había un clima de competencia (o era muy leve) sino de camaradería, casi de hermandad. El hecho de vernos continuamente iba forjando relaciones de amistad o hasta de noviazgo entre los alumnos y alumnas, y todos esperábamos con ganas las Audiciones. Además, a veces venían conocidos o amigas de Beatriz que pertenecían al mundo de la música y al finalizar la seguidilla de obras podían opinar sobre lo que habían escuchado. Todo terminaba con un largo brindis con té, café, bebidas varias, sanguchitos de miga y repostería cara y deliciosa que aportábamos entre todos. Era una tarde entera que se prolongaba hasta el comienzo de la noche. Como todos, comencé tocando algo muy sencillo (porque Beatriz me hizo aprender a tocar el piano desde cero: con mucha sabiduría me obligó a olvidarme de mi manera de tocar hasta el momento en que la conocí) y en los últimos años ya tocaba sonatas de Beethoven enteras, o cosas de Chopin o Brahms de las "algo difíciles".
Sé que la foto debe ser del 93 porque Gustavo no coexistió conmigo, como alumno de Beatriz, mucho tiempo. Después lo seguí viendo en el Conservatorio. Era (es, todavía, sospecho) un buen pianista de jazz. Muy bueno, de lo más impresionante. Un fanático y buen conocedor, por otra parte. Yo, a su lado, era impresentable. Pero era generoso, tolerante, y le gustaba tocar con otros: esa es la única explicación para esta fotografía. Creo que arremetimos con Now's the Time o Stella... Fue después de los sanguchitos y el brindis, cuando ya sólo quedábamos los alumnos, Beatriz, y algunos novios celosos (del piano, más que nada). Nos habremos limpiado las manos y empezado a tocar, luego de lo cual, habrá terminado todo.
¿Y qué quedó del pianista? No puedo asegurarlo, pero creo que aún en aquellos años, cuando casi toda mi vida se reducía a estudiar el instrumento, sabía que no tenía un futuro como pianista profesional. Tocaba y tocaba porque necesitaba tener un instrumento, lo que quiere decir exactamente eso: ganar una herramienta para poder trabajar en el ámbito musical, ya sea como director, compositor, musicólogo o pedagogo. Lo preocupante es que ninguna de esas actividades me parecían interesantes. En mis fantasías yo progresaba con el piano y finalmente me destacaba como concertista, pero sabía muy bien que en la vida real eso sería imposible, por más que estudiara como un animal. Continuamente me entretenía (de manera algo masoquista, puede ser) calculando cuántos pianistas mejores que yo habría en Buenos Aires, luego en la Argentina, luego en el mundo. Eran muchísimos. Entrar al Conservatorio y comenzar a cursar me convenció de lo absurdo del proyecto. Como siempre, Beatriz lo tenía claro desde el comienzo, y sin castrar mis deseos de ser instrumentista, me fue llevando casi imperceptiblemente hacia la dirección coral. El tiempo le dio la razón. Estudié con ella hasta 1997, cuando terminé el ciclo de piano en el Conservatorio Nacional. Fueron menos de seis años, pero en ese tiempo fue la persona a la que más tiempo vi, creo. La veía más que a mi madre, seguramente. En épocas de exámenes podía verla tres veces por semana o más, a veces eran veinte minutos para mostrarle una obra, o un fragmento difícil de una obra. Esa relación alumno-maestro se da ninguna o escasas veces en la vida. Tuve la enorme fortuna de que me tocara Beatriz, quien me enseñó mucho más que el piano. Gran parte de lo que soy como intérprete lo aprendí con ella; desde cosas casi técnicas como las dinámicas, hasta lo que se podría llamar una ética de la interpretación musical y del estudio de la obra. Tan profundo fue el aprendizaje, en ese sentido, que la parte mecánica de mover los deditos me parece, ahora, una nimiedad (aunque sé que no es así y que Beatriz se enojaría si leyera estas líneas).
Recuerdo muchas charlas con Beatriz, en su cocina, café de por medio. Cuando le preguntaba a uno si quería tomar un cafecito era porque había que hablar. Hablar del futuro de uno como músico, de la carrera, de proyectos o de la vida. Muchas veces las charlas derivaban hacia cualquier lado, como debe ser entre personas que se interesan por muchas cosas diversas. Lecturas, películas, conciertos, chismes, todo entraba en esas charlas que más de una vez reemplazaron una clase. En esos años me parecía perfectamente normal el hecho de charlar con ella, café de por medio. Ahora pienso que era un ejercicio de una enorme humildad y sabiduría de su parte; pienso que yo aún estaba saliendo de la adolescencia y me imagino las pavadas que le diría con total desparpajo. Era parte del aprendizaje, entonces yo lo intuía y recién ahora, reflexionando, lo veo con claridad.
En esos mismos años, casi finalizando mis estudios de piano con Beatriz, debe ser que leí a Felisberto Hernández. Mi novia me regaló los tres tomos de sus Obras Completas editados por el Fondo de Cultura Económica de México, y me los tragué enseguida. Allí recuerda en un hermoso libro su época de estudiante de piano (Por los tiempos de Clemente Colling, se llama ese librito, que mezcla recuerdos con fantasía). Al leerlo no entendía el por qué de la obsesión de Felisberto por la memoria, por recordarlo todo. Ahora descubro que estoy haciendo un ejercicio similar al suyo (la diferencia es que el llegó a ser un pianista relativamente exitoso, salió de gira por el Uruguay y vivió del piano).
Por ahí, perdidas entre otras, guardo más y mejores fotos de esos años en lo de Beatriz. Hoy me asaltó esta, curiosa por el hecho de estar tocando a cuatro manos jazz en ese living y en ese piano "sagrado". Celebro que lo que haya quedado de esa sesión a cuatro manos fuera una fotografía y no una grabación.
jueves, 9 de junio de 2011
Séptima foto - Versailles era una fiesta
Esa sonrisa que invade todo mi rostro es la manifestación de la jactancia que sentía al estar en uno de los lugares a los que mi cultura previa había catalogado como uno de los más hermosos e importantes de la tierra: Versailles, que es decir Francia a la enésima potencia. Me daba felicidad estar en París; francófilo hasta la médula en aquellos tiempos, deseaba ser francés con tanta fuerza que por momentos hasta me lo creía yo mismo. Si el simple hecho de pasear por las callecitas de mi quartier (Place de Clichy) me llenaba de placer y de algo parecido al orgullo, posar echado en el parque de Versailles, con mi sobretodo oscuro y al lado de una bella joven rubia, era el colmo de la satisfacción, algo cercano al éxtasis. Pero no era tan sencillo, ay, todo.
Era febrero de 1992, hacía frío y sin embargo brillaba un leve sol, casi primaveral, y no había viento. Recuerdo que nos dimos cita frente a Nôtre Dame, nada menos: nuestra pareja de amigos (en realidad conocíamos sólo a Ella de Buenos Aires, su Novio era como un apéndice molesto que veíamos por primera vez en París), Guille y yo. Una vez reunidos, los cuatro nos dirigimos a la Gare de donde salen los trenes para Versailles (que me maten si me acuerdo cuál era). El viaje es corto, se llega a un pueblo -se debe llamar Versailles- que está a una pequeña distancia del palacio, y ahí sólo resta seguir a la horda de turistas para llegar a destino. Compramos, en un almacén o kiosko del pueblo, unas madalenas Made in Spain que nos trajeron nostalgias y saciaron nuestro hambre. Fueron nuestro único alimento por unas cuantas horas. Una vez en palacio, recorrimos los salones, algo resignados, nos maravillamos con todos los lugares comunes, guía Michelin en mano, y finalmente salimos a pasear por el parque.
Si volviera algún día a Versailles no entraría al palacio: los jardines son mucho más interesantes. Los recorrimos sin apuro, mientras charlábamos de la vida. Yo vivía enamorándome, entonces. Hice todo lo posible por enamorarme de Ella, pero el hecho de que hubiera concurrido a pasear por Europa con su Novio, sumado a algunos comentarios que siempre, mágicamente, me la desdibujaban a último momento, hacían que el milagro del amor (de mi parte, al menos) no ocurriera. Yo le caía simpático; en eso radicaba mi esperanza. Tanto el paisaje como la situación me recordaban a "El año pasado en Marienbad", película que había visto hacía poco tiempo y que a su vez era como una mala lectura de "La invención de Morel". Mientras Guille parecía distraer al Novio, yo le hablaba a Ella. Pero lo mejor que pasó entre nosotros fue esa feliz fotografía. No sé si la vio, alguna vez.
En la foto estamos los dos, sonrientes, de medio cuerpo. A la izquierda, Ella, muy rubia y gruesamente abrigada. Una campera "inflable" azul le da calor, se ve que había menos de diez grados. Al cuello, una bufanda color borgoña, digamos (ya que estábamos en suelo francés). Durante mucho tiempo pensé que estaba hermosa en la fotografía. Viéndola ahora, objetivamente, no puedo decir lo mismo. Yo sé o creo recordar que era muy linda; pero la foto no lo demuestra con certeza. A la derecha, y un poco más adelante, estoy yo. Debe ser una de las fotos en que mejor me veo. La cabeza levemente inclinada hacia el lado de Ella, sonrío con la boca cerrada y miro descaradamente al centro de la fotografía, es decir a la lente de la cámara. El pelo corto pero con un gracioso jopo que se me forma aún y una barba incipiente; tengo puesto un sobretodo usado que compré pocos días antes en una feria callejera en Amsterdam (por diez dólares). Estamos sobre un muy verde césped invernal, el cielo es algo gris y al fondo, lejos, entre un camino de árboles raleados de hojas, se ve un palacio. Mucho más cerca, unos metros a nuestras espaldas, a la derecha, un hombre de unos treinta años, con aspecto de eslavo, camina. Más lejos y del otro lado de la foto, una pareja (la mujer vestida de un rosa rabioso) pasea por un camino.
Veo y veo la foto. No es buena, si la miramos con frialdad. Está un poco torcida y descentrada. Quizás tomada de muy cerca; el retratista debería haberse ubicado un metro más atrás. Pero durante años me pareció un objeto casi increíble, un arma para provocar celos en mis parejas, como si la foto dijera: "Mirá, tenía veinte años y estaba en Versailles, tirado en el pasto, con una piba rubia así de linda". Ahora la veo y comprendo por qué nunca sirvió para esos fines. Seguramente Ella era bonita, muy atractiva. Pero no se ve, esa belleza, en esta foto. Estaba en mi recuerdo, en mi imaginación o deseo. Yo lo proyectaba a la foto; pero quienes veían la foto no veían esa proyección, sino la pura imagen que ahora veo yo: una muchacha algo rolliza, de quien sólo se ve con claridad la cara y el cabello, y que tiene en su cara una media sonrisa, donde cabe tanto la sorpresa (¿de quién habrá sido la idea de la foto?) como el mucho frío que parece estar sintiendo. Al verla imagino o recuerdo que apenas nos la tomaron nos levantamos del césped y fuimos a caminar, o a protegernos en algún lugar menos gélido.
De Francia, en esas casi tres semanas que estuvimos, sólo conocí París, y eso incluye ese día de excursión a Versailles. Pasear con Ella y su Novio (nos vimos otra vez, antes de esta excursión) fue raro. Al Novio prácticamente no le hablaba, yo. Quizás lo viera como un estorbo, una presencia inoportuna. A los pocos días había olvidado ya su nombre, con los meses también su cara. Escribiendo estas palabras tuve que hacer un esfuerzo para recuperar algo, un atisbo de recuerdo, que me confirmara que existió. Era artista plástico o aspiraba a serlo. A esa edad todos éramos meros aspirantes a algo remoto. No éramos más que estudiantes sin un horizonte muy claro. Fuimos juntos al Centro Pompidou, lo recorrimos extasiados, antes o después tomamos un café en un McDonald's, donde cada uno contó vivencias de aquel iniciático viaje europeo. Creo que en todos (menos en Ella) se mezclaba el deseo de volver pronto a la Argentina, cuyas costumbres extrañábamos, con el de quedarnos para siempre en París (no hace falta aclarar por qué, es bastante famosa la ciudad). Digo que Ella no tenía esa dualidad: estaba de paseo y volvería sin mirar atrás. Muy lindo París, muy bien decorado todo, pero mi vida está allá, parecía decir.
Pienso que soy otro, muy distinto de aquel joven existencialista que fumaba Gauloises aunque le dieran algo de asco. Hoy mi idioma francés es diez veces superior al de entonces, pero no tengo ninguna simpatía en especial por Francia, ni siquiera por su refinada gastronomía. Nunca regresé a París, y no me disgustaría recorrerla otra vez, pero no se me va la vida en eso, ni por asomo. Hoy encuentro mucho más París en Debussy o Ravel, aún en Flaubert, que en las pocas fotos que conservo de aquel viaje. Es invierno, hace frío, afuera cae la lluvia y en mi antiguo departamento de principios de siglo revivo París viendo esta vieja fotografía, donde sonrío con obstinación y sin motivo. Merde!
Sexta foto - Equipo de fútbol
La foto retrata unos diez muchachos (más bien, niños) de entre 8 y 10 años. Están formados como un equipo de fútbol, aunque faltaría uno, si respetáramos el reglamento. Hay seis abajo, en cuclillas, y cuatro de pie. El fotógrafo los agrupó muy bien, la foto es buena realmente (lo que me lleva a pensar que la tomó Daniel). Se nota también que los niños, en su mayoría, vieron muchas fotos parecidas, porque posan de la misma manera que los jugadores profesionales (de entonces). Casi con la misma seriedad, porque el fútbol es cosa seria, pero se esboza una sonrisa en más de uno, no se sabe si por reflejo (los niños están acostumbrados a sonreír para las fotos) o porque les parece algo graciosa la situación de estar posando así. Se trata de un momento más (¿el comienzo, quizás?) del festejo de un cumpleaños mío. Como mi fiesta de cumpleaños fue similar en 1979, 1980 y 1981, no sabría decir de qué año es esta foto. Pero creo que no puede ser anterior a 1980, por nuestro aspecto, por quiénes fueron retratados (hay "nuevas" amistades en esta foto, sí) y por algunos detalles de la indumentaria que vestimos.
Antes de lanzarme a escribir esta descripción, miré detenidamente la fotografía. Pude recordar enseguida todos los nombres y apellidos. De hecho, mi primera idea fue poner los nombres completos de los nueve amigos o compañeros de escuela que me rodean. Vale aclarar que con excepción de un primo segundo, a quien vi en su casamiento hace cinco años por última vez, de los demás no tuve noticias en las últimas dos décadas, sin exagerar. Hay alguno a quien no veo desde 1983, lo puedo aseverar con exactitud. Por eso me gustaba la idea de darles entidad nombrándolos por completo, con sus nombres y apellidos. Sonaba bien la formación, además. Pero eso me llevó de inmediato a intentar rastrearlos en Facebook. Muy mala (además de obvia) idea. Todos ellos, salvo uno, tienen su perfil en FB. Por lo general, salvo uno o dos casos, tienen pocos amigos. Sus caras, que no veía hace muchos años, son como las caricaturas de las que veo en las fotos de ese cumpleaños a principios de los '80. Pienso que la mía también, si ellos me vieran. No podría reconocer a ninguno de ellos por la calle. Eso me lleva a pensar cuántas veces habrá ocurrido (el cruzármelos en un banco, una fiesta o un supermercado y no distinguirlos de otros desconocidos). No tuve deseos de comunicarme con ninguno de ellos. Un pensamiento lleva al siguiente: mejor no nombrarlos entonces. Tarde o temprano darían con este blog, "googleando" sus nombres (¿hay alguien que no lo haya hecho alguna vez?). Y entonces, ¿qué ocurriría? No lo sé, pero mejor no averiguarlo.
Es muy posible que el lugar elegido para el festejo haya sido ese bosque que hay en Palermo, cerca de los piletones de depuración o tratamiento de aguas de Obras Sanitarias que dan al río. Porque en 1981 fuimos exactamente ahí, cerca de una laguna con peces y patos. Casi en el límite entre el Parque Tres de Febrero y el Bajo Belgrano, cerca de Excursionistas (lo sé ahora). Otro lugar posible es el Club de la Armada, al que íbamos porque existía un convenio con la obra social de los docentes. Era un hermoso club, y yo por supuesto era un niño feliz que ignoraba todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Iba sin culpas (cosa que no ocurría con mi madre). En todo caso el paisaje es el mismo, un verde césped, corto, verde y algo húmedo, al fondo una variedad de árboles (estamos en plena primavera, a mediados de octubre) y ocupando todo al ancho de la foto (esta copia tiene bordes redondeados) el heterogéneo equipo de fútbol. En realidad jugamos cinco contra cinco, se entiende.
De pie, de izquierda a derecha, se encuentran: Javier, un primo lejano, con camiseta blanca (de ningún equipo) y un short que hace honor a su nombre y le queda algo corto. Agrego que mira distraído hacia un lugar afuera de la foto; a su lado, Mariano, un primo más lejano aún, con buzo de arquero amarillo con vivos negros y los infaltables guantes. Mariano mira serio a la cámara. Creo que Javier y Mariano también eran primos entre sí, algo menos lejanos. Siempre me cayó bien Mariano, aunque hablábamos poco. Creo que ahora es guitarrista profesional, de tango. Pero no sé si es la misma persona (en realidad eso se podría decir de todas las personas). Siguiendo con los que están de pie, vemos a Andrés, pésimo futbolista, con una remera absolutamente antideportiva, con dibujos de veleros. Al lado vemos a Máximo, algo gordo, morocho, con el pelo revuelto, cachetes y vestido con la casaca de River Plate y un pantaloncito blanco con vivos rojos. Volveré sobre su atuendo. Antes quisiera decir que en esos años Andrés y Máximo eran mis mejores amigos de la escuela. Compartíamos todos los días, de lunes a viernes, jornada completa con almuerzo incluido y luego íbamos a la plaza a jugar hasta que caía el sol. Muchas veces tomábamos la leche juntos, y después hacíamos la tarea. Andrés era más intelectual; Máximo pasional y amante de la música, sobre todo rock nacional, que en esos años incluía a músicos como Piero (yo escuchaba otras cosas, entonces). Donde se me confunde todo es en que recuerdo que Máximo se había hecho fanático de Argentinos Juniors con el auge de Maradona (años '79 y '80); por lo que su aparición en esta foto con la ropa de River parece confirmar mi tesis de que el pasado no es algo fijo e invariable, sino que va mutando caprichosamente. Porque no puedo desconfiar de ese tipo de memoria. ¿Qué sentido tendría que durante treinta años recordara su fanatismo por el Bicho Colorado, si fuera información falsa? Quizás River fuera un mandato familiar y el papá lo obligara a ir a jugar con esa camiseta. Misterio, aunque no pienso ubicarlo para preguntarle de qué cuadro era en 1981.
De pie, de izquierda a derecha, se encuentran: Javier, un primo lejano, con camiseta blanca (de ningún equipo) y un short que hace honor a su nombre y le queda algo corto. Agrego que mira distraído hacia un lugar afuera de la foto; a su lado, Mariano, un primo más lejano aún, con buzo de arquero amarillo con vivos negros y los infaltables guantes. Mariano mira serio a la cámara. Creo que Javier y Mariano también eran primos entre sí, algo menos lejanos. Siempre me cayó bien Mariano, aunque hablábamos poco. Creo que ahora es guitarrista profesional, de tango. Pero no sé si es la misma persona (en realidad eso se podría decir de todas las personas). Siguiendo con los que están de pie, vemos a Andrés, pésimo futbolista, con una remera absolutamente antideportiva, con dibujos de veleros. Al lado vemos a Máximo, algo gordo, morocho, con el pelo revuelto, cachetes y vestido con la casaca de River Plate y un pantaloncito blanco con vivos rojos. Volveré sobre su atuendo. Antes quisiera decir que en esos años Andrés y Máximo eran mis mejores amigos de la escuela. Compartíamos todos los días, de lunes a viernes, jornada completa con almuerzo incluido y luego íbamos a la plaza a jugar hasta que caía el sol. Muchas veces tomábamos la leche juntos, y después hacíamos la tarea. Andrés era más intelectual; Máximo pasional y amante de la música, sobre todo rock nacional, que en esos años incluía a músicos como Piero (yo escuchaba otras cosas, entonces). Donde se me confunde todo es en que recuerdo que Máximo se había hecho fanático de Argentinos Juniors con el auge de Maradona (años '79 y '80); por lo que su aparición en esta foto con la ropa de River parece confirmar mi tesis de que el pasado no es algo fijo e invariable, sino que va mutando caprichosamente. Porque no puedo desconfiar de ese tipo de memoria. ¿Qué sentido tendría que durante treinta años recordara su fanatismo por el Bicho Colorado, si fuera información falsa? Quizás River fuera un mandato familiar y el papá lo obligara a ir a jugar con esa camiseta. Misterio, aunque no pienso ubicarlo para preguntarle de qué cuadro era en 1981.
Pasemos a los que están abajo. De izquierda a derecha: Andrés, muy amigo entonces, sonríe algo apartado de los demás, con ambas manos apoyadas en el césped. Lleva camiseta de River. El padre de Andrés era dueño de una librería en Barrio Norte. Esto hacía que tuviera, en su habitación, la colección completa de Astérix (que yo también llegué a tener) y la más envidiada de Lucky Luke. También era el único amigo que tenía la añeja Atari, que ahora parece de la Edad de Bronce. A su lado, mi amigo del alma, Guido, vestido de arquero, guantes incluidos. Ni Andrés ni Guido iban conmigo a la escuela, por lo que no los veía con tanta frecuencia, pero íbamos juntos al cine (¡solos!), y pasábamos muchos fines de semana en compañía (nunca los tres juntos; Andrés y Guido apenas se conocían y se recelaban un poco mutuamente, ya que Guido era más "viejo" como amigo). Ahí están, en esta foto, uno al lado del otro. No sé qué fue de sus vidas. Al lado de Guido, y casi en el medio de la fotografía, me encuentro yo, ataviado con el conjunto completo de la Selección Argentina. El conjunto completo quiere decir: la casaca con el escudo de la AFA comprado aparte y cosido a mano por mi mamá, unas medias de algodón blancas y un short negro. Mi mano derecha sujeta una pelota Printier número cinco, blanca, reluciente, que fue el regalo de ese cumpleaños. Era el balón oficial de los torneos argentinos. Como era de cuero, había que pasarle grasa cruda de vaca (cortada de un bife) para mantenerla en buenas condiciones. Un asco, pero lo hacía cada vez que la iba a usar. Fue mi primera "número cinco", todo un orgullo. Yo estoy mirando muy serio a la cámara, como si estuviera por jugar la final contra Holanda (rival predilecto de esos años). Mi cabello es como un casco de motociclista, y todavía se ve algo rubio. A mi lado, con una sonrisa canchera, posa Daniel, compañero de grado (y nada más). Petizo y escurridizo, era el que mejor jugaba al fútbol, lejos. Todos lo queríamos en nuestro equipo. Tramposo, competitivo y peleador, yo no lo tragaba. Lo único que me unía a él es que era hincha de Boca, en un grado con pocos colegas boquenses. Pero a los nueve años ya existe la hipocresía, y en la foto sonríe a mi lado mientras también sujeta la pelota con su mano derecha, el brazo estirado. Tiene la rodilla derecha en tierra y la izquierda flexionada, su brazo izquierdo descansa sobre la rodilla izquierda. Es decir que, curiosamente, está muy relajado. Es un niño feliz. Casi escondido entre Daniel y el último de la fila, está mi primo Martín. Otro más vestido de River (lo sé porque vi otras fotos, en esta tiene el pecho tapado, y apenas asoma su cabeza. Es parecido a mí, podría decirse que es muy parecido en esta foto. El mismo pelo y muchos rasgos en común, pero tres años menor. Es el más pequeño de la foto. A su lado, otro de River, Laureano, compañero de grado. Tiene hasta medias de River. Recuerdo que vivía en una casa muy vieja, cerca de la escuela, y que tenía siete hermanos. Los padres eran italianos o eso pensaba yo, y en mi recuerdo era una familia pobre, pero no sé si habrá sido así realmente. No sé qué era "pobre" para mí, en aquel entonces. Sí recuerdo que Laureano (quien había nacido en la Argentina) tenía un acento raro, como napolitano. Y dibujaba maravillosamente bien. Más bien, copiaba como los dioses, lo que era visto en la primaria como una habilidad muy envidiable. Recuerdo de las pocas veces que fui a su casa, que en su habitación (que compartía con dos o tres hermanos) había hecho dibujos en las paredes. A mí me hubieran fajado por algo así, pero se ve que a Laureano lo alentaban, porque veo en su perfil de Facebook que se dedicó al arte, a la escultura. Es el único cuya cara prácticamente no cambió. Yo lo apreciaba mucho, aunque no lo comprendía del todo. Uno no tiene a veces tiempo para ser amigo de todos; por afinidades (cuando no por sugerencias de los padres) va entablando relación con unos más que con otros, y cuando se quiere dar cuenta ya tiene a sus Mejores Amigos. Y Laureano y yo no fuimos más que compañeros de grado. Quizás sea el único de todos los que aparecen en esta foto con quien podría tener una charla interesante en estos días.
Recuerdo de ese cumpleaños que fue casi la única vez en que jugué en el equipo de Daniel. Puedo conjeturar, además, que si había cuatro niños con camisetas de River, ellos más un arquero fueron un equipo y todos los demás, más otro arquero, el otro. La ropa de arquero no significaba que esos chicos no fueran luego jugadores de campo: nadie quería ir toda la tarde al arco. Hay otras fotos de esa misma tarde, donde tomamos Coca-Cola (riguroso envase de litro, de vidrio), comemos sanguchitos de miga y torta de cumpleaños, y aparece una niña, Carmen, que mientras los varones jugábamos al fútbol se dedicó a jugar al voley con mi madre y la madre de Guido. También nos miraba jugar y nos alentaba. Pobre, qué tarde aburrida pasó. No encuentro ahora fotos de mi hermano Ale entre estas del cumpleaños, pero estoy seguro que había nacido, ya.
Esta foto, más que otras, me lleva inevitablemente al ubi sunt? Pero no describí aquí glorias, ni añoro palacios, o príncipes, ni siquiera la remota belleza de la juventud. Simplemente evoqué a diez muchachos a los que la vida agrupó en esa foto en 1980 u 81 y luego se ocupó de disgregar, primero por la ciudad, luego por el mundo. No extraño mi infancia; mentiría si dijera que entonces era más feliz que ahora. Pero asisto, perplejo, a las transformaciones que el paso del tiempo operó en todos nosotros y no puedo menos que maravillarme horrorizándome: un vulgar oxímoron es la figura literaria que mejor le calza a la sensación que deja en mi interior la contemplación de esta foto.
viernes, 27 de mayo de 2011
Quinta foto - Sevilla '92
Esta fotografía es rara. La única figura humana aparece pequeña, al fondo de lo que los españoles llaman una plaza, es decir un espacio sin edificaciones en el centro de varios edificios antiguos, en el centro de Sevilla. La plaza era como un rombo, en uno de cuyos vértices estoy yo (esa figura humana de la que hablaba antes) a medio metro de una pared blanca, como todas las paredes del centro de Sevilla. Dos metros y medio por encima de mi cabeza hay un antiguo farol, apagado (es de día). A la derecha del farol, dos carteles con flechas que señalan un lugar que no se ve en la foto. Haciendo un esfuerzo descomunal distingo que dice, uno: "PENSIÓN / SAN / PANCRACIO", en ese orden de arriba hacia abajo; el otro: "ROOMS / CHAMBRES / ZIMMERS". Son carteles de letras negras sobre fondo blanco, anteriores a cualquier técnica moderna de impresión, pintados a mano con buen pulso. A la izquierda del farol hay una callecita. Allí, la competencia puso su cartel, un poco más artístico, si se quiere: "PENSIÓN / EL PATIO / CRUCES / ROOMS / CHAMBRES". La palabra CRUCES está pintada de rojo, por algún motivo propagandístico, y las palabras en inglés y francés, quizás por pudor, tienen un cuerpo más pequeño que las otras, lo cual le quita unidad y simetría al cartel.
De Sevilla, donde no ocurrió nada, absolutamente nada memorable, fuimos a Córdoba. Ahí también paramos tres días y hubo alguna aventura, por lo menos, curiosa. Pero esa es otra historia, si es que aparecen algún día las fotos de Córdoba.
Un 65% de lo que se ve en la fotografía es el piso de baldosas. Un 30% las paredes y ventanas enrejadas de los edificios que allí se levantan. El restante 5% lo constituimos una motoneta apoyada contra la pared del lado derecho de la foto, y yo. Todo indicaría que en la pensión (de una estrella) San Pancracio nos hospedamos Guille y yo. Guille es el autor de la fotografía, que me parece increíble por un motivo: el total vacío humano que me rodea. Es una foto diurna, tomada en el centro de Sevilla, a dos minutos de la catedral. Y mis recuerdos de Sevilla son, en su mayor parte, así: mi amigo y yo caminando solos por la ciudad y nuestros pasos resonando contra el pavimento, contra las paredes. Nuestras voces hablando casi en sigilo (como quien visita una iglesia o un museo), rodeados de soledad. También recuerdo una multitud un día al mediodía, en una plaza céntrica, con bares llenos de gente en los que tomamos cerveza. Y mi visita a un peluquero, sólo para decir que me había cortado el pelo un barbero de Sevilla.
Un problema en el mecanismo de las patillas de mis anteojos me llevó a una óptica. Luego de eso recuerdo que fuimos a comprar jamón y había tantas variedades que nos mareamos. No compramos el más caro (un pata negra). Después nos tomamos un autobús repleto con un conductor que nos hizo recordar a nuestra patria, por su manera de pisar el freno.
Pasamos tres días en Sevilla y los tres días visitamos la enorme catedral. Todo el tiempo estaban afinando el órgano. Nos dijeron que cuando terminaban de afinarlo debían volver a comenzar: no sé si será cierto pero creí firmemente en esa leyenda. Por la noche volvíamos tarde a la pensión, y no había ningún problema: el conserje nos atendía en camiseta. Miraba la TV mientras comía, de a una, unas alcaparras que tenía en un frasco. También subimos a la Giralda, desde donde vimos (y fotografiamos) toda la ciudad. Fuimos a un parque, vimos correr el Guadalquivir, algo escaso de aguas. Hacían 15 grados, era un invierno amable y soleado. Todos hablaban de la Expo Sevilla 92, pero no vimos las obras. Nos mantuvimos a una prudente distancia.
Aunque quiera, no logro recordar qué leía en ese viaje. Caminábamos mucho, comíamos barato (si España nos parecía barata, Andalucía más). Recuerdo un almuerzo en una fonda, donde comimos tortilla de papas... ¡a la francesa! Estaba repleto de gente, muchos turistas, y era muy barato. Una caña (el vaso alto, más chico, de cerveza tirada) en un bar del centro salía 80 pesetas, que era un poco más de medio dólar, unos 7000 australes. El nuevo "peso convertible" había comenzado sus andanzas el 1º de enero, pero Guille y yo ya habíamos comenzado entonces nuestro raid mundial así que seguíamos pensando en australes, o en dólares. Recuerdo que nos manejábamos con las enormes y pesadas monedas españolas, casi no usábamos billetes. No gastábamos en nada que no fuera comer, beber, fumar y dormir.
Ahora recuerdo que algo que nos llamó la atención al comenzar a caminar el primer día por Sevilla fue la manera de mirar que tenían las andaluzas. Muchas nos parecieron hermosas, pero no creo que hayamos comenzado una conversación con ninguna. Nos miraban y sostenían la mirada. Yo estaba soltero y casi desesperado por compañía femenina, pero era (soy) muy tímido, para mi desgracia. Mi amigo y compañero de viaje tenía a su novia en la Argentina, y no tenía ojos para otra mujer, así que no era fácil convencerlo para que nos acercáramos a las chicas. Pasaron casi veinte años y me cuesta creer las pocas ataduras que tenía yo en esa época. No tenía compromisos, nadie me esperaba en Buenos Aires, podía tanto volver como seguir dando vueltas por el mundo el tiempo que quisiera (por supuesto que tenía pasaje de vuelta y la idea de seguir estudiando piano a mi regreso). El único límite era la escasez de dinero: realmente viajé con unos pocos dólares, y no me consideraba idóneo para realizar ningún trabajo manual o de los otros, así que me convenía regresar a casa en la fecha acordada.
Todo esto que cuento de manera tan fragmentaria ocurría en Sevilla a fines de enero de 1992. Tenía veinte años y pensaba que estaba algo gordo (lo cual quizás fuera cierto comparando mi peso con el de unos años atrás). Ahora me veo flaco en esa foto en la "plaza" (no sé cómo pueden llamar plaza a eso). Cuando volvimos a principios de marzo, todos me decían que había pasado hambre por lo flaco que estaba. Pero siempre que vuelvo de Europa me pasa eso: camino mucho, como al paso y bajo de peso. Europa es más saludable para mi organismo que Buenos Aires, aparentemente. O será que todo es muy caro y uno come poco.
De Sevilla, donde no ocurrió nada, absolutamente nada memorable, fuimos a Córdoba. Ahí también paramos tres días y hubo alguna aventura, por lo menos, curiosa. Pero esa es otra historia, si es que aparecen algún día las fotos de Córdoba.
martes, 24 de mayo de 2011
Tercera y cuarta fotos - Un bagre y una invitación a 1976
De un lado, en una foto vertical en blanco y negro, se ve a un niño que sostiene con sus dos manos un pescado. Se ve asomar el anzuelo clavado en la boca del pescado. El niño mira con atención a su pieza, no mira a la cámara. Está muy concentrado y hasta algo temeroso de lo que pueda ocurrir con su víctima. Vemos hasta los muslos el cuerpo del niño; el pescado está de cuerpo entero. En el fondo, unos árboles. Algunos con follaje. Uno, solitario, pelado. El niño tiene el pelo liso, algo largo, entre castaño y rubio. Lleva un pullover con motivos geométricos blancos sobre fondo de color impreciso. Hay formas como rombos y cuadrados de diferentes tamaños. Las mangas no tienen ese juego, son de un solo color.
Del otro lado, se lee, con letra algo infantil, pero que no podría ser del niño de la foto (claramente analfabeto): "Mi primer bagre / Quinta '76 / 4 años".
Hago la lista, ya mismo. Me encanta hacer listas.
Del otro lado, se lee, con letra algo infantil, pero que no podría ser del niño de la foto (claramente analfabeto): "Mi primer bagre / Quinta '76 / 4 años".
El niño de la foto soy yo. Y sí, en el invierno de 1976 no había cumplido los cinco años todavía.
Vuelvo a ver la foto. No es un bagrecito así nomás. ¿Lo habré sacado yo del agua? Quizás me picó a mí y mi papá lo sacó, y luego me adjudicó el mérito y sacó la foto. Es raro porque no recuerdo otra ocasión de pesca con él. Al contrario, tenía pasión por los pececitos tropicales y los cuidaba mucho. Aunque una cosa no quita la otra. Pero más bien me imagino la situación: el frío en el campo, un niño de cuatro años aburrido, un padre separado, un plan perfecto: ir a pescar. No fue mala idea. La pesca hace que el tiempo se deslice de una manera misteriosa y fluida. Ahora que ya olvidé lo que es el aburrimiento, celebro que se haya apiadado de mí esa tarde de sábado o domingo.
Estar aburrido es y era algo frecuente para un niño analfabeto. En esos años la televisión no estaba tanto tiempo encendida, como ahora. No había canales infantiles. Era blanco y negro (como la mayoría de las fotos que yo veía) y había que tener mucha suerte para encontrar algo interesante para niños de cuatro años. De todas formas, estábamos en el campo, en una estancia (no una quinta) y no había televisión. No creo que hubiera teléfono, tampoco. Pienso que cuando digo "en esos años" no me refiero a los de la última dictadura (si bien lo eran) sino los de mi infancia. El año 1976 ahora es imposible de separar, para los argentinos, del comienzo de esa dictadura. Pero entonces, cuando transcurría, era simplemente el año en curso: un año tan espantoso, o más, o menos, como los dos o tres anteriores, según qué adulto hablara. Y por lo general, los adultos no hablaban de eso delante de los niños. Si tuviera que hacer una lista de las cosas que recuerdo de 1976, como ejercicio de memoria, no sería una lista larga, pero incluiría varios hechos que ahora sé que fueron políticos (o históricos, a esta altura) o que derivaron de las condiciones políticas.
Hago la lista, ya mismo. Me encanta hacer listas.
Recuerdo que en el verano fuimos a San Bernardo, con mi mamá y el novio que tenía entonces. Era un hotel de Luz y Fuerza, cuyo logotipo, por así llamarlo, me asustaba un poco. Recuerdo la habitación del hotel, donde descubrí por no sé qué azar de la conversación, que había dos frutas que hasta entonces eran la misma para mí, pero que tenían nombres distintos: el durazno y el damasco. Recuerdo también el comedor y el lío que armábamos ahí los niños del hotel. Recuerdo los caramelos Sugus, en sus cuatro variedades (limón, frutilla, ananá y menta, que no me gustaba, es más, le tenía miedo). También recuerdo conversaciones sobre lo mal que estaba todo, en las que se mencionaba a Isabel. No hay más recuerdos de San Bernardo, pero no supe mucho más de ese novio, la relación no prosperó y eso me llenó de alivio por una parte (me parecía viejo ese señor) y de tristeza por otro, ya que tenía una hija apenas más grande que yo que me gustaba mucho. Acá abro un paréntesis.
(Ese novio de mamá no andaba muy feliz que digamos, en su casa recuerdo una foto de un muchacho, colgada en la pared, y recuerdo que su hija me dijo que ese era su hermano, que era "guerrillero" y había muerto en una batalla en Tucumán, lo que me llenó de confusión y temor, luego de lo cual mi madre tuvo que explicarme con cuidado y destreza de qué se trataba el asunto, cosa que no me aclaró demasiado: ¿había soldados en una guerra en Tucumán, ahora? ¿Cómo nadie me había dicho nada del asunto? ¿Ella (la niña) a los cinco años, tenía un hermano muerto en esa guerra? ¿Era de los buenos o de los malos? Parecía imposible. Y había ocurrido ese mismo año, porque este recuerdo debe ser de 1975, por eso lo pongo entre paréntesis. También recuerdo que ese mismo día, en esa vieja casa, cuando me preguntaron qué quería tomar y respondí "Coca-Cola", el novio de mi mamá dijo que no había, porque era una bebida imperialista. Lo odié mucho, en ese momento.).
Después viene un recuerdo extraño, un chiste gráfico de Landrú en La Nación, en casa de mis abuelos paternos, en el que Isabel se comía a la paloma de la paz, al plato. Quizás lo inventé yo. A continuación un discurso por televisión de Isabel, cuya voz me atemorizaba (tenía muchos miedos, entonces). Después un recuerdo de imágenes de tanques en fila (debe ser el golpe del 24 de marzo). Otros recuerdos aislados: el billete de un peso, de color naranja, con el que me podía comprar un paquete de galletitas diminuto, de Manón (¿traía cuatro galletitas, o lo estoy inventando?). Se ve que no valía mucho ese billete, que luego desapareció. En julio de ese año se fue de la Argentina Ezequiel, uno de mis mejores amigos del jardín, con sus hermanos y papás. Nos avisaron un día que se irían en barco con todas sus cosas. Muy lejos, en primer lugar a España. Y luego a Israel. Al día siguiente se fueron. Amigos queridos de mi papá también se iban. Algunos me dejaban juguetes, de regalo. Uno me dejó un juego de piezas de madera con el que se podían construir edificios en miniatura. Era de su infancia. A mí me maravillaba que tanta gente se fuera y que dejara cosas queridas en vez de llevarlas. A mi alrededor era común que la gente viajara por el mundo (salvo mi mamá y yo, que no salíamos nunca de la Argentina). Mi abuelo tenía una agencia de turismo y andaba volando de acá para allá. Pero esto era distinto; la gente no se iba de vacaciones, era algo permanente. Fulano se iba a México y Mengano a Ecuador (lo juro), y así. Quizás no fueran tantos amigos. Dos, o tres, a lo sumo. En todo caso me impresionó, porque guardo ese recuerdo.
Luego, en octubre, cumplí los cinco años y se hizo una linda fiesta, con mago y todo, en Munro, en la casa de mis abuelos maternos. No faltó una paloma que nos dejó estupefactos. En algún lugar del mundo están las fotos de ese día. Y la tarjeta de invitación fue una foto. Hoy diríamos una "producción" hecha por mi papá. Se ve al mismo niño que pescó el bagre, sosteniendo un gran cartel de cartulina escrito prolijamente a mano, con marcador, en letra de imprenta, invitando a "MI CUMPLE / EL 16/X/76. VENI!", la dirección, la hora y al pie mi nombre, de mi puño y letra, tan grande que en ese lugar la cartulina sobresale bastante. En la foto sonrío con bastante sinceridad, y se ve que llevo un pullover con motivos romboidales de diversos colores, entre los que domina el blanco, sobre fondo de color oscuro. Pero no es el mismo pullover, ocurre que estarían de moda, nomás. Me pregunto, viendo la invitación, cómo habrán hecho los compañeros de jardín para llegar a Munro, tan lejos de nuestro barrio. Creo recordar que mi papá y mi mamá, cada uno con su auto, llevaron algunos chicos hasta la casa de mis abuelos. Era un sábado, como cuando nací (gracias a los años bisiestos). Me pregunto, además, si algún niño de entonces guardará la invitación. Lo dudo.
No tengo más recuerdos de 1976, por lo menos que sepa con claridad que son de ese año: el momento de la pesca del bagre lo tengo muy difuso. Lo que es notable es que es la misma calidad de papel y el mismo brillo que la fotografía número dos, por lo que estoy en condiciones de afirmar que se trata del mismo lugar (¿Roque Pérez?) y época. Si aquella foto de los caballos tirando del carro fuera mía (cosa posible, está fuera de foco) se trataría probablemente de mi primera foto, con lo que estaríamos ante una excursión memorable: primer bagre, primera foto. Prometo, como dicen los periodistas, recabar más información.
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