jueves, 9 de junio de 2011

Séptima foto - Versailles era una fiesta

Esa sonrisa que invade todo mi rostro es la manifestación de la jactancia que sentía al estar en uno de los lugares a los que mi cultura previa había catalogado como uno de los más hermosos e importantes de la tierra: Versailles, que es decir Francia a la enésima potencia. Me daba felicidad estar en París; francófilo hasta la médula en aquellos tiempos, deseaba ser francés con tanta fuerza que por momentos hasta me lo creía yo mismo. Si el simple hecho de pasear por las callecitas de mi quartier (Place de Clichy) me llenaba de placer y de algo parecido al orgullo, posar echado en el parque de Versailles, con mi sobretodo oscuro y al lado de una bella joven rubia, era el colmo de la satisfacción, algo cercano al éxtasis. Pero no era tan sencillo, ay, todo.

Era febrero de 1992, hacía frío y sin embargo brillaba un leve sol, casi primaveral, y no había viento. Recuerdo que nos dimos cita frente a Nôtre Dame, nada menos: nuestra pareja de amigos (en realidad conocíamos sólo a Ella de Buenos Aires, su Novio era como un apéndice molesto que veíamos por primera vez en París), Guille y yo. Una vez reunidos, los cuatro nos dirigimos a la Gare de donde salen los trenes para Versailles (que me maten si me acuerdo cuál era). El viaje es corto, se llega a un pueblo -se debe llamar Versailles- que está a una pequeña distancia del palacio, y ahí sólo resta seguir a la horda de turistas para llegar a destino. Compramos, en un almacén o kiosko del pueblo, unas madalenas Made in Spain que nos trajeron nostalgias y saciaron nuestro hambre. Fueron nuestro único alimento por unas cuantas horas. Una vez en palacio, recorrimos los salones, algo resignados, nos maravillamos con todos los lugares comunes, guía Michelin en mano, y finalmente salimos a pasear por el parque.

Si volviera algún día a Versailles no entraría al palacio: los jardines son mucho más interesantes. Los recorrimos sin apuro, mientras charlábamos de la vida. Yo vivía enamorándome, entonces. Hice todo lo posible por enamorarme de Ella, pero el hecho de que hubiera concurrido a pasear por Europa con su Novio, sumado a algunos comentarios que siempre, mágicamente, me la desdibujaban a último momento, hacían que el milagro del amor (de mi parte, al menos) no ocurriera. Yo le caía simpático; en eso radicaba mi esperanza. Tanto el paisaje como la situación me recordaban a "El año pasado en Marienbad", película que había visto hacía poco tiempo y que a su vez era como una mala lectura de "La invención de Morel". Mientras Guille parecía distraer al Novio, yo le hablaba a Ella. Pero lo mejor que pasó entre nosotros fue esa feliz fotografía. No sé si la vio, alguna vez.

En la foto estamos los dos, sonrientes, de medio cuerpo. A la izquierda, Ella, muy rubia y gruesamente abrigada. Una campera "inflable" azul le da calor, se ve que había menos de diez grados. Al cuello, una bufanda color borgoña, digamos (ya que estábamos en suelo francés). Durante mucho tiempo pensé que estaba hermosa en la fotografía. Viéndola ahora, objetivamente, no puedo decir lo mismo. Yo o creo recordar que era muy linda; pero la foto no lo demuestra con certeza. A la derecha, y un poco más adelante, estoy yo. Debe ser una de las fotos en que mejor me veo. La cabeza levemente inclinada hacia el lado de Ella, sonrío con la boca cerrada y miro descaradamente al centro de la fotografía, es decir a la lente de la cámara. El pelo corto pero con un gracioso jopo que se me forma aún y una barba incipiente; tengo puesto un sobretodo usado que compré pocos días antes en una feria callejera en Amsterdam (por diez dólares). Estamos sobre un muy verde césped invernal, el cielo es algo gris y al fondo, lejos, entre un camino de árboles raleados de hojas, se ve un palacio. Mucho más cerca, unos metros a nuestras espaldas, a la derecha, un hombre de unos treinta años, con aspecto de eslavo, camina. Más lejos y del otro lado de la foto, una pareja (la mujer vestida de un rosa rabioso) pasea por un camino.

Veo y veo la foto. No es buena, si la miramos con frialdad. Está un poco torcida y descentrada. Quizás tomada de muy cerca; el retratista debería haberse ubicado un metro más atrás. Pero durante años me pareció un objeto casi increíble, un arma para provocar celos en mis parejas, como si la foto dijera: "Mirá, tenía veinte años y estaba en Versailles, tirado en el pasto, con una piba rubia así de linda". Ahora la veo y comprendo por qué nunca sirvió para esos fines. Seguramente Ella era bonita, muy atractiva. Pero no se ve, esa belleza, en esta foto. Estaba en mi recuerdo, en mi imaginación o deseo. Yo lo proyectaba a la foto; pero quienes veían la foto no veían esa proyección, sino la pura imagen que ahora veo yo: una muchacha algo rolliza, de quien sólo se ve con claridad la cara y el cabello, y que tiene en su cara una media sonrisa, donde cabe tanto la sorpresa (¿de quién habrá sido la idea de la foto?) como el mucho frío que parece estar sintiendo. Al verla imagino o recuerdo que apenas nos la tomaron nos levantamos del césped y fuimos a caminar, o a protegernos en algún lugar menos gélido.

De Francia, en esas casi tres semanas que estuvimos, sólo conocí París, y eso incluye ese día de excursión a Versailles. Pasear con Ella y su Novio (nos vimos otra vez, antes de esta excursión) fue raro. Al Novio prácticamente no le hablaba, yo. Quizás lo viera como un estorbo, una presencia inoportuna. A los pocos días había olvidado ya su nombre, con los meses también su cara. Escribiendo estas palabras tuve que hacer un esfuerzo para recuperar algo, un atisbo de recuerdo, que me confirmara que existió. Era artista plástico o aspiraba a serlo. A esa edad todos éramos meros aspirantes a algo remoto. No éramos más que estudiantes sin un horizonte muy claro. Fuimos juntos al Centro Pompidou, lo recorrimos extasiados, antes o después tomamos un café en un McDonald's, donde cada uno contó vivencias de aquel iniciático viaje europeo. Creo que en todos (menos en Ella) se mezclaba el deseo de volver pronto a la Argentina, cuyas costumbres extrañábamos, con el de quedarnos para siempre en París (no hace falta aclarar por qué, es bastante famosa la ciudad). Digo que Ella no tenía esa dualidad: estaba de paseo y volvería sin mirar atrás. Muy lindo París, muy bien decorado todo, pero mi vida está allá, parecía decir.

Pienso que soy otro, muy distinto de aquel joven existencialista que fumaba Gauloises aunque le dieran algo de asco. Hoy mi idioma francés es diez veces superior al de entonces, pero no tengo ninguna simpatía en especial por Francia, ni siquiera por su refinada gastronomía. Nunca regresé a París, y no me disgustaría recorrerla otra vez, pero no se me va la vida en eso, ni por asomo. Hoy encuentro mucho más París en Debussy o Ravel, aún en Flaubert, que en las pocas fotos que conservo de aquel viaje. Es invierno, hace frío, afuera cae la lluvia y en mi antiguo departamento de principios de siglo revivo París viendo esta vieja fotografía, donde sonrío con obstinación y sin motivo. Merde!

No hay comentarios:

Publicar un comentario