Antes de lanzarme a escribir esta descripción, miré detenidamente la fotografía. Pude recordar enseguida todos los nombres y apellidos. De hecho, mi primera idea fue poner los nombres completos de los nueve amigos o compañeros de escuela que me rodean. Vale aclarar que con excepción de un primo segundo, a quien vi en su casamiento hace cinco años por última vez, de los demás no tuve noticias en las últimas dos décadas, sin exagerar. Hay alguno a quien no veo desde 1983, lo puedo aseverar con exactitud. Por eso me gustaba la idea de darles entidad nombrándolos por completo, con sus nombres y apellidos. Sonaba bien la formación, además. Pero eso me llevó de inmediato a intentar rastrearlos en Facebook. Muy mala (además de obvia) idea. Todos ellos, salvo uno, tienen su perfil en FB. Por lo general, salvo uno o dos casos, tienen pocos amigos. Sus caras, que no veía hace muchos años, son como las caricaturas de las que veo en las fotos de ese cumpleaños a principios de los '80. Pienso que la mía también, si ellos me vieran. No podría reconocer a ninguno de ellos por la calle. Eso me lleva a pensar cuántas veces habrá ocurrido (el cruzármelos en un banco, una fiesta o un supermercado y no distinguirlos de otros desconocidos). No tuve deseos de comunicarme con ninguno de ellos. Un pensamiento lleva al siguiente: mejor no nombrarlos entonces. Tarde o temprano darían con este blog, "googleando" sus nombres (¿hay alguien que no lo haya hecho alguna vez?). Y entonces, ¿qué ocurriría? No lo sé, pero mejor no averiguarlo.
Es muy posible que el lugar elegido para el festejo haya sido ese bosque que hay en Palermo, cerca de los piletones de depuración o tratamiento de aguas de Obras Sanitarias que dan al río. Porque en 1981 fuimos exactamente ahí, cerca de una laguna con peces y patos. Casi en el límite entre el Parque Tres de Febrero y el Bajo Belgrano, cerca de Excursionistas (lo sé ahora). Otro lugar posible es el Club de la Armada, al que íbamos porque existía un convenio con la obra social de los docentes. Era un hermoso club, y yo por supuesto era un niño feliz que ignoraba todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Iba sin culpas (cosa que no ocurría con mi madre). En todo caso el paisaje es el mismo, un verde césped, corto, verde y algo húmedo, al fondo una variedad de árboles (estamos en plena primavera, a mediados de octubre) y ocupando todo al ancho de la foto (esta copia tiene bordes redondeados) el heterogéneo equipo de fútbol. En realidad jugamos cinco contra cinco, se entiende.
De pie, de izquierda a derecha, se encuentran: Javier, un primo lejano, con camiseta blanca (de ningún equipo) y un short que hace honor a su nombre y le queda algo corto. Agrego que mira distraído hacia un lugar afuera de la foto; a su lado, Mariano, un primo más lejano aún, con buzo de arquero amarillo con vivos negros y los infaltables guantes. Mariano mira serio a la cámara. Creo que Javier y Mariano también eran primos entre sí, algo menos lejanos. Siempre me cayó bien Mariano, aunque hablábamos poco. Creo que ahora es guitarrista profesional, de tango. Pero no sé si es la misma persona (en realidad eso se podría decir de todas las personas). Siguiendo con los que están de pie, vemos a Andrés, pésimo futbolista, con una remera absolutamente antideportiva, con dibujos de veleros. Al lado vemos a Máximo, algo gordo, morocho, con el pelo revuelto, cachetes y vestido con la casaca de River Plate y un pantaloncito blanco con vivos rojos. Volveré sobre su atuendo. Antes quisiera decir que en esos años Andrés y Máximo eran mis mejores amigos de la escuela. Compartíamos todos los días, de lunes a viernes, jornada completa con almuerzo incluido y luego íbamos a la plaza a jugar hasta que caía el sol. Muchas veces tomábamos la leche juntos, y después hacíamos la tarea. Andrés era más intelectual; Máximo pasional y amante de la música, sobre todo rock nacional, que en esos años incluía a músicos como Piero (yo escuchaba otras cosas, entonces). Donde se me confunde todo es en que recuerdo que Máximo se había hecho fanático de Argentinos Juniors con el auge de Maradona (años '79 y '80); por lo que su aparición en esta foto con la ropa de River parece confirmar mi tesis de que el pasado no es algo fijo e invariable, sino que va mutando caprichosamente. Porque no puedo desconfiar de ese tipo de memoria. ¿Qué sentido tendría que durante treinta años recordara su fanatismo por el Bicho Colorado, si fuera información falsa? Quizás River fuera un mandato familiar y el papá lo obligara a ir a jugar con esa camiseta. Misterio, aunque no pienso ubicarlo para preguntarle de qué cuadro era en 1981.
De pie, de izquierda a derecha, se encuentran: Javier, un primo lejano, con camiseta blanca (de ningún equipo) y un short que hace honor a su nombre y le queda algo corto. Agrego que mira distraído hacia un lugar afuera de la foto; a su lado, Mariano, un primo más lejano aún, con buzo de arquero amarillo con vivos negros y los infaltables guantes. Mariano mira serio a la cámara. Creo que Javier y Mariano también eran primos entre sí, algo menos lejanos. Siempre me cayó bien Mariano, aunque hablábamos poco. Creo que ahora es guitarrista profesional, de tango. Pero no sé si es la misma persona (en realidad eso se podría decir de todas las personas). Siguiendo con los que están de pie, vemos a Andrés, pésimo futbolista, con una remera absolutamente antideportiva, con dibujos de veleros. Al lado vemos a Máximo, algo gordo, morocho, con el pelo revuelto, cachetes y vestido con la casaca de River Plate y un pantaloncito blanco con vivos rojos. Volveré sobre su atuendo. Antes quisiera decir que en esos años Andrés y Máximo eran mis mejores amigos de la escuela. Compartíamos todos los días, de lunes a viernes, jornada completa con almuerzo incluido y luego íbamos a la plaza a jugar hasta que caía el sol. Muchas veces tomábamos la leche juntos, y después hacíamos la tarea. Andrés era más intelectual; Máximo pasional y amante de la música, sobre todo rock nacional, que en esos años incluía a músicos como Piero (yo escuchaba otras cosas, entonces). Donde se me confunde todo es en que recuerdo que Máximo se había hecho fanático de Argentinos Juniors con el auge de Maradona (años '79 y '80); por lo que su aparición en esta foto con la ropa de River parece confirmar mi tesis de que el pasado no es algo fijo e invariable, sino que va mutando caprichosamente. Porque no puedo desconfiar de ese tipo de memoria. ¿Qué sentido tendría que durante treinta años recordara su fanatismo por el Bicho Colorado, si fuera información falsa? Quizás River fuera un mandato familiar y el papá lo obligara a ir a jugar con esa camiseta. Misterio, aunque no pienso ubicarlo para preguntarle de qué cuadro era en 1981.
Pasemos a los que están abajo. De izquierda a derecha: Andrés, muy amigo entonces, sonríe algo apartado de los demás, con ambas manos apoyadas en el césped. Lleva camiseta de River. El padre de Andrés era dueño de una librería en Barrio Norte. Esto hacía que tuviera, en su habitación, la colección completa de Astérix (que yo también llegué a tener) y la más envidiada de Lucky Luke. También era el único amigo que tenía la añeja Atari, que ahora parece de la Edad de Bronce. A su lado, mi amigo del alma, Guido, vestido de arquero, guantes incluidos. Ni Andrés ni Guido iban conmigo a la escuela, por lo que no los veía con tanta frecuencia, pero íbamos juntos al cine (¡solos!), y pasábamos muchos fines de semana en compañía (nunca los tres juntos; Andrés y Guido apenas se conocían y se recelaban un poco mutuamente, ya que Guido era más "viejo" como amigo). Ahí están, en esta foto, uno al lado del otro. No sé qué fue de sus vidas. Al lado de Guido, y casi en el medio de la fotografía, me encuentro yo, ataviado con el conjunto completo de la Selección Argentina. El conjunto completo quiere decir: la casaca con el escudo de la AFA comprado aparte y cosido a mano por mi mamá, unas medias de algodón blancas y un short negro. Mi mano derecha sujeta una pelota Printier número cinco, blanca, reluciente, que fue el regalo de ese cumpleaños. Era el balón oficial de los torneos argentinos. Como era de cuero, había que pasarle grasa cruda de vaca (cortada de un bife) para mantenerla en buenas condiciones. Un asco, pero lo hacía cada vez que la iba a usar. Fue mi primera "número cinco", todo un orgullo. Yo estoy mirando muy serio a la cámara, como si estuviera por jugar la final contra Holanda (rival predilecto de esos años). Mi cabello es como un casco de motociclista, y todavía se ve algo rubio. A mi lado, con una sonrisa canchera, posa Daniel, compañero de grado (y nada más). Petizo y escurridizo, era el que mejor jugaba al fútbol, lejos. Todos lo queríamos en nuestro equipo. Tramposo, competitivo y peleador, yo no lo tragaba. Lo único que me unía a él es que era hincha de Boca, en un grado con pocos colegas boquenses. Pero a los nueve años ya existe la hipocresía, y en la foto sonríe a mi lado mientras también sujeta la pelota con su mano derecha, el brazo estirado. Tiene la rodilla derecha en tierra y la izquierda flexionada, su brazo izquierdo descansa sobre la rodilla izquierda. Es decir que, curiosamente, está muy relajado. Es un niño feliz. Casi escondido entre Daniel y el último de la fila, está mi primo Martín. Otro más vestido de River (lo sé porque vi otras fotos, en esta tiene el pecho tapado, y apenas asoma su cabeza. Es parecido a mí, podría decirse que es muy parecido en esta foto. El mismo pelo y muchos rasgos en común, pero tres años menor. Es el más pequeño de la foto. A su lado, otro de River, Laureano, compañero de grado. Tiene hasta medias de River. Recuerdo que vivía en una casa muy vieja, cerca de la escuela, y que tenía siete hermanos. Los padres eran italianos o eso pensaba yo, y en mi recuerdo era una familia pobre, pero no sé si habrá sido así realmente. No sé qué era "pobre" para mí, en aquel entonces. Sí recuerdo que Laureano (quien había nacido en la Argentina) tenía un acento raro, como napolitano. Y dibujaba maravillosamente bien. Más bien, copiaba como los dioses, lo que era visto en la primaria como una habilidad muy envidiable. Recuerdo de las pocas veces que fui a su casa, que en su habitación (que compartía con dos o tres hermanos) había hecho dibujos en las paredes. A mí me hubieran fajado por algo así, pero se ve que a Laureano lo alentaban, porque veo en su perfil de Facebook que se dedicó al arte, a la escultura. Es el único cuya cara prácticamente no cambió. Yo lo apreciaba mucho, aunque no lo comprendía del todo. Uno no tiene a veces tiempo para ser amigo de todos; por afinidades (cuando no por sugerencias de los padres) va entablando relación con unos más que con otros, y cuando se quiere dar cuenta ya tiene a sus Mejores Amigos. Y Laureano y yo no fuimos más que compañeros de grado. Quizás sea el único de todos los que aparecen en esta foto con quien podría tener una charla interesante en estos días.
Recuerdo de ese cumpleaños que fue casi la única vez en que jugué en el equipo de Daniel. Puedo conjeturar, además, que si había cuatro niños con camisetas de River, ellos más un arquero fueron un equipo y todos los demás, más otro arquero, el otro. La ropa de arquero no significaba que esos chicos no fueran luego jugadores de campo: nadie quería ir toda la tarde al arco. Hay otras fotos de esa misma tarde, donde tomamos Coca-Cola (riguroso envase de litro, de vidrio), comemos sanguchitos de miga y torta de cumpleaños, y aparece una niña, Carmen, que mientras los varones jugábamos al fútbol se dedicó a jugar al voley con mi madre y la madre de Guido. También nos miraba jugar y nos alentaba. Pobre, qué tarde aburrida pasó. No encuentro ahora fotos de mi hermano Ale entre estas del cumpleaños, pero estoy seguro que había nacido, ya.
Esta foto, más que otras, me lleva inevitablemente al ubi sunt? Pero no describí aquí glorias, ni añoro palacios, o príncipes, ni siquiera la remota belleza de la juventud. Simplemente evoqué a diez muchachos a los que la vida agrupó en esa foto en 1980 u 81 y luego se ocupó de disgregar, primero por la ciudad, luego por el mundo. No extraño mi infancia; mentiría si dijera que entonces era más feliz que ahora. Pero asisto, perplejo, a las transformaciones que el paso del tiempo operó en todos nosotros y no puedo menos que maravillarme horrorizándome: un vulgar oxímoron es la figura literaria que mejor le calza a la sensación que deja en mi interior la contemplación de esta foto.
Esta es la mejor foto....no por lo que decis, sino por lo que parece que estas pensando. Sera la edad que ya acumulamos, que no hay filtro para algunas cosas...
ResponderEliminarBravo
Je, je... veo tu comentario ahora (sé quién sos, mascarita) y debo decir, que dos años después me reencontré, con mucha alegría, con "mi mejor amigo", Guido, y con mi primo lejano Mariano, quien además grabó con su guitarra en el CD de Gentlemen! Y este escrito, no tuvo nada que ver. ¿O sí?
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